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Artículo de Opinión | Territorio y recursos naturales

22-05-2013

La "cultura del no" o la racionalidad fragmentada

Raül Valls | Alba Sud/CST

La creciente presión para la búsqueda de gas y petróleo a través del fracking en un contexto de dependencia hacia las energías fósiles da pie a una reflexión sobre la lógica perversa y suicida de las racionalidades a corto plazo con las que se mueve el pensamiento neoliberal dominante.


Crédito Fotografía: Activistas contra el fracking en Nueva York, 09/10/2012. CREDO Fracking (creative commons)

"La humanidad, que, antiguamente, en Homero, era un espectáculo para los dioses del Olimpo, ahora se ha convertido en un espectáculo para sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado tal que le permite vivir la propia aniquilación como un placer estético de primer orden".

La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (Walter Benjamin, 1936)



Cuando los Movimientos en Defensa del Territorio y las entidades ecologistas advierten de los peligros y consecuencias del modelo de desarrollo imperante, los defensores del crecimiento económico indefinido miran estratégica y maliciosamente el dedo que les señala hacia el futuro incierto y empiezan a gritar: "Cultura del No!" La estrategia neoliberal de fragmentar interesadamente la realidad se manifiesta claramente en este constructo ideológico, bien alimentado por la maquinaria propagandística del statu quo. En este argumento fragmentado los opositores a las lógicas autodestructivas del sistema aparecen como pequeños egoístas preocupados por su interés inmediato más miserable. Para los defensores del complejo productivo-destructivo levantar la vista más allá y hacer que sea comprensible para la mayoría los destrozos de un modelo social y económico depredador podría ser contraproducente para la inmediatez de los beneficios y la acumulación de capital. Quieren explicar solo las microracionalidades del sistema a pesar de que la ciencia nos hace conscientes de que todas éstas juntas producen una gran irracionalidad que amenaza el equilibrio natural y de la Humanidad, del cual depende. Esta es la lógica destructiva de un modelo, el capitalista, que lleva en su ADN la necesidad de un crecimiento indefinido en un entorno finito. Seguramente no hay algo más irracional que eso.

Ante la crisis actual, que pone en evidencia el fracaso del modelo de producción y consumo masivo para sostener la economía, la derecha ultraliberal y la socialdemocracia siguen proclamando el crecimiento a ultranza como única solución posible. Cuando una ciudadanía activa y con más conocimientos que nunca exige que cuando se tomen decisiones se les escuche, se aplique el "principio de precaución" y se tengan en cuenta las consecuencias futuras de las políticas de mayor crecimiento, los dirigentes empresariales y los políticos que los representan se refugian más que nunca en el corto plazo y en las lógicas desesperadas para salvar un modelo de sociedad manifiestamente suicida. ¿La aniquilación de la Humanidad será para ellos un placer estético de primer orden, como afirmaba Benjamin con respecto al fascismo?

El fracking es una de esas "racionalidades de corto plazo". Siguiendo estos argumentos de poca monta todo el mundo estaría de acuerdo en que nuestra dependencia de las energías fósiles aconseja aprovechar todos los recursos disponibles. Por tanto podemos extraer petróleo y gas, aunque sea durante unos meses o años y garantizar que el modelo de producción y consumo vigente continúe al menos por un tiempo más. Ahora bien, el fracking no resiste la prueba de una racionalidad temperada y que tenga en cuenta que detrás nuestro vivirán otras generaciones. Diez, veinte, cuarenta años son un lapso de tiempo ridículo en la historia de la Humanidad, pero para el capitalismo es una eternidad, pues sus lógicas basadas en la ganancia no van más allá de unos cuantos meses. Recordemos que la reforma laboral impulsada en 2012 por el Partido Popular dice que tres trimestres de menos beneficios facultan al empresario para despedir  a trabajadores de manera procedente. En este caso la ideología del "corto plazo" se pone al servicio de los intereses de clase. Tampoco les parecen significativos los datos científicos que nos cuentan que hemos sobrepasado las 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera, los niveles más altos en cientos de miles de años (¡antes de la revolución industrial eran de 280 partes por millón!).

El liberalismo siempre ha defendido interesadamente este modo "fracturado" de ver el mundo. Así pueden hablar de la "competitividad" como algo positivo. Y lo es, al menos aparentemente y si nos liberamos de sentimientos de culpa con respecto a los que salen perdiendo a corto plazo de esta constante guerra de todos contra todos. La combinación de salarios bajos, menos impuestos y legislaciones laxas desde el punto de vista social y ambiental favorecen un territorio para atraer inversiones. Pero en esta carrera enloquecida otra zona no tardará mucho en bajar aún más el listón. De esta manera la inversión, si puede, irá a la nueva frontera más "competitiva". En esta lógica perversa unos pocos ganan mientras la mayoría pierde en un círculo vicioso imparable.

El fracking es en el terreno energético un digno representante de esta lógica pirata. Las multinacionales de las energías fósiles recorren el mundo en busca de gas y petróleo. Llegan a un territorio con la promesa de siempre: "el desarrollo y el crecimiento económico". Saquean los recursos "optimizando los medios", o lo que es lo mismo ahorran en medidas de seguridad ambiental. El resultado es que la destroza ambiental, la desfiguración del paisaje y la contaminación de las aguas permanecen durante mucho tiempo después del agotamiento del gas y el petróleo. Ellos con su racionalidad de corto plazo y de fragmentación se han llevado un beneficio económico volátil y la población local sufre el verdadero resultado final: la irracionalidad permanente de un entorno dañado y un futuro hipotecado.