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Artículo de Opinión | Turismo Responsable

09-09-2011

Viajar perdiendo el Sur

Rodrigo Fernández Miranda, miembro de la Comisión de Consumo de Ecologistas en Acción de Madrid, publica en la revista El Ecologista (núm. 70, septiembre 2011) un resumen de algunas de las tesis de su libro que, bajo el mismo título, publicará en breve la Editorial Libros en Acción.


Crédito Fotografía: Rodrigro Fernández Miranda. Foto de "Diagonal"

Mucha gente cree que el turismo es una industria ‘sin chimeneas’, esto es, sin apenas impactos ambientales. Pero lo cierto es que la generalización y masificación de la actividad turística está provocando grandes problemas tanto de carácter ambiental como de afección social a las sociedades del Sur que reciben a los visitantes.

La conquista del ocio lejano

“Es el viaje y no el destino lo que acaba siendo una fuente de prodigio”, afirmó en el Siglo XIV el incansable Marco Polo. Sin duda, desconociendo entonces las connotaciones que aquella frase tendría siete siglos después, como leitmotiv de toda una industria globalizada del turismo de masas.

La génesis de esta industria se remonta a la Revolución Industrial, aunque es a partir de los Acuerdos de Bretton Woods en 1944 cuando comienza un fuerte proceso expansivo y de crecimiento exponencial. Con su liberalización, desde mediados de los años 70, el turismo internacional fue configurándose como uno de los precursores de la globalización económica.

En los albores del siglo XXI, en un mundo caracterizado por el movimiento, el turismo se convirtió en la industria más poderosa del planeta, por delante de la automoción, el petróleo, la electrónica y la alimentación, y el primer renglón en el comercio internacional. A su vez, representa la actividad de más crecimiento y que mayor cantidad de empleos genera de la economía mundial. El factor tecnológico y la energía barata han contribuido a una disminución de los tiempos, los espacios y los costes: más rápido, más lejos, y también más barato.

Si se observa la evolución de los desplazamientos internacionales de personas desde la segunda mitad del siglo XX, los datos son elocuentes: 20 millones en los años de posguerra; 200 millones en 1975; 426,5 millones en 1989; 920 millones en 2008 (figura 1).

Figura 1: Evolución de los desplazamientos 1950-2008 (datos en millones de desplazamientos)




Durante los años dorados (1950-1973) la tasa de crecimiento de los desplazamientos internacionales alcanzó casi el 800%, entre 1975 y 1989 el 113%, y otro 115% desde la caída del Muro de Berlín hasta 2008. En poco más de 60 años los desplazamientos de personas a lo largo del mundo se multiplicaron nada menos que 46 veces. Entre 1989 y 2004 los ingresos de la industria turística mundial se multiplicaron por tres. A modo de ejemplo de este fuerte crecimiento, México, el 10º país del mundo en visitas internacionales, tuvo más visitas extranjeras durante 2009 –21,5 millones– que el total de desplazamientos mundiales anuales en los primeros años de la posguerra.

Viajan los ricos, ganan los ricos

Simultáneamente, la tendencia a la concentración de los capitales del sector ha determinado que un puñado de tour-operadores transnacionales controlen la mayor parte de los flujos financieros y comerciales a escala global de la actividad. Concentración que acompaña a la constante expansión geográfica y diversificación comercial.

En este escenario expansivo, muchos territorios del Sur fueron gradualmente ganando protagonismo como destinos turísticos. Para muchos países empobrecidos la apertura económica, la explotación de recursos y la mercantilización de espacios para inducir el desarrollo turístico supuso una vía rápida y eficaz para su integración en el sistema mundializado. Una deslocalización productiva hacia la Periferia que fue masificando un turismo Norte-Sur de patio trasero.

Así, entre 1995 y 2009 los países del Sur incrementaron en más del 10% su participación como destino en la tarta de desplazamientos internacionales, con una tasa anual de crecimiento que duplica a la registrada en los países centrales. De continuar esta tendencia, en pocos años recibirían más visitas que los territorios del Norte (ver figura 2).

Figura 2: Evolución de la participación de países del Norte y del Sur en la industria turística internacional



En este proceso de deslocalización de destinos de masas, la mayor parte de la oferta, estandarizada y homogeneizada, es de tipo sol y playa. En cuanto a su dimensión espacial y su relación con el territorio de destino, este turismo induce fuertes procesos de urbanización y construcción de infraestructuras y exige un uso intensivo de recursos para la satisfacción de la demanda.

Por otro lado, este turismo debe enmarcarse en el modelo consumista, en una sociedad global 80/20, en el que el deseo de viajar cada vez más rápido y más lejos se masifica entre la selecta minoría mundial que constituyen las sociedades opulentas. Además, tiende a la creación de espacios adaptados para tal fin, privatizados, aislados y libres de todo tipo de riesgos y molestias que garanticen el desconocimiento o la interacción cultural anecdótica y mercantilizada en los destinos.

El gran motor de este engranaje global del movimiento y el ocio son las empresas transnacionales, que se expanden por mercados geográficos del Sur, en los que las reglas de juego favorecen su llegada y actividad, con bajas o nulas barreras comerciales, laxas regulaciones laborales, permisivas legislaciones ambientales, elevados incentivos fiscales, menores costes de los factores de explotación, y otro conjunto de cesiones y concesiones por parte de los poderes públicos locales. Además, a través de sus lobbies, inciden de forma directa en los espacios de toma de decisiones políticas nacionales, regionales y globales con objeto de preservar sus intereses.

Los actores públicos también tienen un papel activo en esta expansión hacia la periferia. Los Estados del Norte, a través de la promoción de la internacionalización de sus capitales turísticos; los del Sur, abriendo su economía, estableciendo políticas de atracción de inversiones y limitando sus funciones en cuanto a planificación y toma de decisiones en materia de la política económica en favor del libre mercado.

Asimismo, los organismos internacionales han promovido el proceso de turistización neoliberal del Sur, a través de las recetas de ajuste del FMI y el BM, y principalmente del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios impulsado desde la OMC. Mientras, en el marco discursivo dominante se apela de forma recurrente a las ideas de desarrollo y progreso en estos países receptores.

En este proceso de crecimiento y expansión a través de la deslocalización de sus paraísos, la correlación de fuerzas entre el concentrado sector privado transnacional, los Estados centrales, los organismos internacionales y estos nuevos Estados receptores es cada vez más desigual.

La chimenea turística

Si algo ha logrado el turismo internacional, además del crecimiento continuo de su actividad, es hacernos creer que se trata de una industria sin chimeneas ni humos, y con ello invisibilizar gran parte de los impactos negativos que conlleva. Estos se suelen asociar a algunos de sus sectores conexos, como la construcción o el transporte, pero de los que la industria turística parece quedar exonerada.

A pesar de esta pretendida inocuidad, el proceso de turistización del Sur supone una transformación radical de la fisonomía de la economía, el trabajo, la sociedad, la cultura y las condiciones medioambientales. En el reparto de la globalización turística, los territorios y poblaciones periféricas se quedan con los impactos negativos de la actividad y sin la mayor parte de sus beneficios.

Los principales impactos de este turismo se suelen agrupar en tres bloques, medioambientales, culturales y económicos. Los primeros, derivados del incremento sensible de las necesidades energéticas, la sobreexplotación, el cambio de uso y la destrucción de los recursos y los ecosistemas, así como la generación de residuos. A nivel económico, creando empleos precarios y destruyendo actividades económicas tradicionales, provocando un aumento de precios de bienes esenciales y repatriando las ganancias obtenidas hacia el Centro. Los impactos sociales nacen de la construcción de relaciones asimétricas turismo-población autóctona, la erosión de los valores humanos e inmateriales, así como la internacionalización de la cultura del provecho y la escala de valores consumistas, la sobreexplotación del patrimonio cultural o la alteración de las estructuras sociales en los destinos.

Aproximadamente dos tercios de los ingresos que genera la actividad turística globalizada quedan fuera de las economías del Sur en donde se generan. En esta dinámica turistizadora, los territorios y recursos que antaño se destinaban a la vida y la satisfacción de las necesidades de la población local se transforman en una materia prima más del mercado mundial destinada al hedonismo de las clases consumidoras. A la vez que supone una vía encubierta para la entrada de un estilo de vida y un sistema de valores funcionales al consumismo. Además, se debe tener en cuenta que esta expansión supone una dispersión geográfica y prolongación de las economías del Norte.

Asimismo, la masificación de las llegadas por encima de la capacidad de carga, la escasa capacidad de regulación, planificación y control de los poderes públicos y el bajo nivel de diversificación de la economía local, la nula participación de la población local en la actividad y la creciente concentración de la oferta son factores que inciden como potenciadores de estos impactos.

De esta manera, la turistización supone la exportación y mundialización de un modelo que sobrepone el derecho al lucro de las empresas transnacionales y al hedonismo de las sociedades opulentas, por encima de los derechos económicos, sociales, medioambientales y culturales de una parte significativa de las poblaciones actuales y futuras en los destinos. Un proceso incompatible con el desarrollo humano, la conservación de las condiciones naturales, económicas y socioculturales del territorio.

Bajo el paraguas de este desarrollo, una parte significativa de las poblaciones anfitrionas se verán obligadas a cargar con una hipoteca ecológica, económica y social, en beneficio de la voracidad y las ingentes ganancias económicas a corto plazo de esta industria. Un intercambio que resulta desde todo punto de vista injusto y desigual, y que está necesariamente reñido con la sostenibilidad socioambiental y económica de los destinos.

Límites: la condena del turismo trastero

La masificación selectiva de esta actividad en pocas décadas, los destinos cada vez más lejanos, la aceleración de la expansión y el abaratamiento de los costes son cuestiones que tienen una relación directa con el pago de salarios de supervivencia y la escasa sindicalización, la sobreexplotación de recursos naturales, culturales y humanos, la apropiación del territorio y los bienes esenciales y el aprovechamiento de laxas regulaciones de los poderes públicos en los destinos.

La mitología desarrollista se enfrenta al contraste con la realidad: el crecimiento económico al desarrollo humano; la creación de empleo a la precariedad y el desempleo; la sobreexplotación de recursos para el turismo extranjero a la carestía para la población autóctona; el crecimiento de la inversión extranjera al bienestar y la cohesión social. Por otro lado, los turistas-masa en ningún caso pagan los costes que generan en el territorio anfitrión, si se tienen en cuenta las externalidades sociales y medioambientales derivadas de dicha actividad o la reposición de los recursos empleados para esta, entre otros.

Paradigma de la destrucción creativa, el análisis crítico de este turismo también revela que los intercambios Norte-Sur en el marco de las normas de la OMC son una fuente de degradación ambiental, injusticia y dependencia sistemática. También representa un ejemplo de la insostenibilidad del modelo consumista, disociado de las necesidades y las posibilidades, exento de racionalidad y de límites percibidos. Y, en última instancia, también se constituye como un emblema de que la economía de mercado está separada de la vida, y de que resulta imposible pensar en la preservación del medio ambiente sin la existencia de un marco de justicia social.

Un modelo que, en nombre de los principales derechos inalienables en el capitalismo global, el lucro y el consumismo, se lleva por delante todo aquello capaz de ser consumido: territorios, imágenes, novedades, recursos, ocio, poblaciones. Y también los derechos de muchos otros.

La retórica del bienestar, el desarrollo y la felicidad asociada al voraz proceso expansivo del turismo internacional también muestra un interesado olvido de los límites. Resulta obvio que la consigna del “más rápido, más frecuentemente, más lejos y más turistas low cost” se tope con límites físicos de inputs y outputs más temprano que tarde.

Frente a la panacea del crecimiento económico, las evidencias ecológicas del agotamiento del modelo de producción, distribución y consumo son cada vez más acuciantes. Cuestiones como el cambio climático, la contaminación o el agotamiento de las materias primas y las fuentes de energía son algunos de los elementos que caracterizan a este escenario de límites, y que tienen una relación directa con este turismo y sus sectores conexos. Elementos que también suponen una condena a las ansias de expansión y crecimiento ilimitado para la turistización planetaria, la concentración de sus capitales, la deslocalización y desregulación radical de actividades productivas.

Una condición necesaria para la expansión de todo el aparato turístico global (incluyendo la construcción y el transporte), que no en vano es uno de los grandes consumidores de combustibles fósiles, es la energía de bajo coste. Por lo que, en última instancia, el aumento imparable de la demanda energética, el pico del petróleo y el turismo internacional de masas son caras de una misma y alarmante realidad.

Desde el punto de vista del estilo de vida y el modelo de consumo, este turismo representa el ejemplo más claro de un estilo de vivir a expensas del futuro. La crisis ecológica no se puede superar ni con una mayor eficiencia ni con un capitalismo verde, sino que la cuestión pasa imperiosamente por una radical reducción y racionalización. La calidad de vida y la felicidad sin ninguna duda están en otra parte. Por eso, los límites al modelo no solo deben pensarse desde la producción, sino también desde una transformación en la cultura del provecho y el despilfarro.

A pesar de las estadísticas de avance implacable de la actividad turística, los indicadores ambientales hacen pensar que la edad de oro de este tipo de ocio lejano, mercantilizado y masificado alrededor del mundo tiende a terminarse. Lo que tarde o temprano ocurrirá, sea voluntaria u obligatoriamente.