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Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático: Cobertura especial de ALBA SUD

Copenhague, 7 al 18 de diciembre de 2009

Durante todo el desarrollo de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, Joan Buades, miembro de ALBA SUD desplazado a Copenhague, realizará una cobertura especial informando a diario de lo que va ocurriendo dentro y fuera de la Conferencia, poniendo especial atención a los principales debates en curso.

Crónica 10: «Planeta tierra, tenemos un problema: sin rumbo y hundiéndonos. Repetimos…»
Copenhague, 19 de diciembre del 2009

Finalmente la Conferencia de Copenhague se cierra con un “acuerdo”, pero absolutamente insuficiente y lamentable. Incluso se saltan la cita prevista en México para finales de 2010 y la aplazan siete años más, hasta el 2016. Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible.

Después de oír a Wen Jiabao y Barack Obama y contemplar los agónicos intentos fuera de tiempo por salvar la cara ante el mundo, Copenhague pasará a la historia como el punto de no retorno de la credibilidad del sistema mundial que hemos conocido tras la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Fría. El carácter patriotero e irresponsable que los máximos dirigentes de los países que generan más del 40% de los gases letales para el clima común supone un fiasco colosal y confirma que nos encontramos en el peor escenario posible. En el discurso probablemente más gris pronunciado por Obama en todo su mandato, se limitó a pedir colaboración a los demás pueblos y se comprometió, si hay suerte en el Senado, a reducir un 3% las emisiones de los EE.UU el 2020 respecto 1990. Jiabao se mantuvo férreo en su negativa a cualquier reducción vinculante aunque China ya sea el primer país contaminante del Planeta. Y eso que, justo antes, el presidente Lula les había exhortado a salir de Copenhague con un acuerdo real, a la altura de las necesidades de la Humanidad más vulnerable y pobre en África, América Latina y Asia. No dan para más.

Un órgano tan cercano al corazón del sistema mundial neoliberal que ha creado el problema, el Financial Times, señalaba ayer que Copenhague, lejos de suponer la puesta de largo en un mundo multipolar, anuncia el “nuevo caos”. Sin objetivos vinculantes de reducción de gases contaminantes, con un horizonte de inversión en el Sur equivalente al 3% de la actual ayuda oficial al desarrollo para 2010-2012 y que apenas llegaría a doblar la AOD de hoy en 2020, y sin haber adoptado ningún mecanismo real para reducir el impacto de los dos grandes olvidados del Tratado de Kioto (la deforestación y el transporte internacional, que están en el origen de un tercio de las emisiones), el mensaje del “acuerdo Copenhague” es claro: la fiesta ha terminado, nadie está al mando, que cada uno se busque la vida como pueda. Es más, se saltan la cita prevista en México de finales de 2010 y la aplazan siete años, para 2016. Realmente desolador para los 6.800 millones de seres humanos que vivimos hoy y una angustiosa herencia para los 2.000 millones más que nacerán en los próximos 40 años. Esta falta de coraje político y de talla como estadistas se da mientras se ha conseguido una amplísima mayoría de países en Naciones Unidas (112 de 192) para que haya un tratado vinculante que permita un aumento máximo de las temperaturas de 1°5C y un decrecimiento de las emisiones hasta las 350 partes de CO2 por millón consideradas el umbral de seguridad climática para la Humanidad. Claro que, entre los 112 estados no figura ni los EE.UU, ni China, ni ninguno de la UE, así como tampoco Japón ni Australia. La foto de los ausentes dice mucho de por qué Copenhague ha fracasado.

¿Dónde podemos mirar? ¿Podemos aprender algo positivo de la Cumbre? El poeta Hölderlin escribió que “donde hay peligro /crece también la esperanza”. Ante el desbarajuste y la frivolidad de los VIP, es tiempo de volver la mirada a las propuestas surgidas en el KlimaForum, la llamada cumbre popular por el clima. Con energías limpias y renovadas por los 100.000 manifestantes que desfilaron el sábado exigiendo justicia climática, la declaración final, suscrita ya por cerca de 400 organizaciones en todo el Planeta, orienta sobre cómo podemos tomar la iniciativa y reclamar poder democrático mundial ante unos dirigentes ineptos para cuidar el aire que respiramos. Sus soluciones a la catástrofe climática pasan por garantizar una transición hacia una sociedad pospetróleo basada en la apuesta masiva por fuentes verdes de energía y la equidad entre el Norte y el Sur. Sus ideas son, realmente, sugerentes. Deberíamos empezar plantearnos abandonar completamente las energías fósiles en 30 años, recortando un 40% de las emisiones letales antes de 2020. El Norte tendría que compensar inmediatamente al Sur por la deuda climática acumulada para ayudarle a superar su extrema vulnerabilidad a la inestabilidad climática. Hay que enterrar el tráfico de contaminación vía “mercados del carbono” y dar paso a un acuerdo vinculante, real y justo de obligado cumplimiento por los estados y grandes corporaciones transnacionales. Y, finalmente, debemos cultivar una relación sostenible con el resto de la Naturaleza, especialmente en lo que tiene que ver con la producción y transporte de alimentos, energía, el uso del suelo y la disponibilidad de agua. KlimaForum cuenta con una ventaja crucial sobre Chimérica, la UE y el resto de Grandes Dinosaurios: son realistas y saben que no tenemos un Planeta B. Empieza una carrera contra el tiempo y la mejor alternativa vuelve a ser volverse ciudadanos activos, buscar y compartir aquello que nos une como seres humanos por encima de las barreras nacionales y, sobre todo, desobedientes con un poder ciego a la catástrofe en marcha. Será la gran tarea de esta generación, la nuestra: cambiar el sistema para preservar la vida humana sobre la Tierra.

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Crónica 9: Horas americanas mientras el mundo contiene el aliento
Copenhague, 18 de diciembre del 2009

Continúa la sensación de fracaso en Copenhague. Hay quién empieza a hablar de “Chinamérica” y del G2 contra el G190, refiriéndose al eje de bloqueo que, en perfecta desarmonía, manejan Estados Unidos y China, responsables del 40% de las emisiones globales. Mientras, de América del Sur nos llegan dos referencias fundamentales: la primer, la Iniciativa ITT para mantener en tierra, sin explotar, el petróleo en la zona del Parque Nacional Yasuní, en Ecuador, y la segunda, el discurso del presidente de Bolivia, Evo Morales. Signos de esperanza en el frío de Copenhague.

Llegó la nieve a Copenhague por primera vez en este invierno. Tal vez sea una metáfora de las gélidas perspectivas de acuerdo que destila un Bella Center higienizado, sin ONG y con zonas prohibidas a la prensa. Hay quién empieza a hablar de “Chinamérica” y del G2 contra el G190, refiriéndose al eje de bloqueo que, en perfecta desarmonía, manejan Estados Unidos y China, responsables del 40% de las emisiones globales.

En realidad, vivimos hoy el “día de las Américas” en Copenhague. Todo el mundo busca signos de esperanza y, ciertamente, la mirada está puesta en las señales que vienen del continente americano. Inevitablemente, el primer hilo nos lleva a Obama. A pesar de la patética posición que mantienen aún hoy los Estados Unidos, prometiendo como máximo una reducción del 3% de sus emisiones para 2020 y dando su visto bueno a “participar” en un fondo de apenas 100 millardos de dólares para el Sur a finales de la década que viene, la reserva de esperanza ligada al nuevo inquilino de la Casa Blanca sigue intacta. Tiene algo místico y George Monbiot, uno de los grandes en el movimiento altermundista, le regala en The Guardian el discurso que todos quisiéramos escuchar mañana. Comparando la tarea urgente a hacer a la de la economía de guerra que tuvieron que improvisar los Estados Unidos en 1941, Monbiot sugiere que Obama diga: “No me hago ilusiones sobre la oposición con que chocarán estas propuestas. Será la batalla política de mi vida. Pero sé que vale la pena. Si fracaso, las generaciones futuras no me olvidarán nunca, ni a mí ni a ninguno en esta Cumbre por haber sido incapaces de superar el reto más importante de nuestra época. Es la batalla que debemos a nuestros hijos y a sus hijos. Es hora de hacer no lo que toca sino lo que es necesario”. Quizás no tenga oportunidad de pronunciarlas porque corren rumores que, si la cosa no da un giro radical en pocas horas, el presidente norteamericano preferirá no venir a Copenhague.

Pero América es bastante más que los Estados Unidos. A pesar del bajísimo perfil en la Cumbre de una Centroamérica y un Caribe que serán la segunda zona más vulnerable al cambio climático y a la desunión regional endémica, vale la pena fijarse en dos propuestas sudamericanas que suben el ánimo. La primera es un experimento inédito, a cargo del gobierno de Ecuador. Se trata del llamado fideicomiso Yasuní.ITT. Gracias a la iniciativa, la enorme reserva de pozos petrolíferos de este Parque Nacional permanecerá sin explotar indefinidamente. El recorte de ingresos de un estado tan dependiente de sus ventas petroleras como Ecuador será compensado por gobiernos del Norte, empresas sensibles a la justicia climática, filántropos y donaciones individuales. Gana la biodiversidad, los pueblos indígenas se aseguran un futuro y dejan de emitirse a la atmósfera más de 400 millones de toneladas de C02 al año. Apoyado por el movimiento ecologista internacional y estados como el alemán, es un magnífico ejemplo de iniciativa del Sur a favor del aire respirable, renunciando tanto a los REDD como al tráfico de carbono que tanto promovemos desde el Norte.

La segunda supone la asunción por parte de algunos gobiernos sudamericanos como Bolivia de la idea de “deuda climática”. En un memorable discurso, el presidente Evo Morales habló de “industrias irracionales”, del cambio climático causado por un estilo de vida capitalista letal para la necesidad del buen vivir de la humanidad, y propuso cuatro líneas de trabajo en el marco de Naciones Unidas, absolutamente prometedoras: los “países con industrialización irracional” deben pagar y acabar con la “esclavitud de la Madre Tierra”; hay que devolver al Sur el espacio atmosférico ocupado por las corporaciones del Norte y juzgar en un Tribunal Penal Internacional a los estados que violen la protección del clima común; la especulación financiera a costa del aire respirable tiene que terminar y, por ello, hay que abolir los mercados del carbono; finalmente, pidió que el Norte acoja a los migrantes forzados por el cambio climático, ya que sólo vienen a sobrevivir, no a explotar ni construir imperios como viene haciendo el Norte en América Latina o en África desde hace mas de 500 años.

Naturalmente, a uno le gustaría que Papá Noel Obama nos consiguiera mañana un tratado de Copenhague climático real, justo y vinculante. Pero, para los duros tiempos posCopenhague, habrá que mimar iniciativas pioneras como Yasuní ITT y propuestas de justicia climática como las del presidente Morales.

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Crónica 8: ¿Sobra media humanidad? Un diluvio de refugiados climáticos a la espera
Copenhague, 17 de diciembre del 2009

A tan sólo dos días del fin de la Conferencia sobre Cambio Climático las cosas no marchan bien en Copenhague, y todo apunta que pueda cerrarse con un sonoro fracaso. Si esto termina así las perspectivas para una parte muy importante de la población del planeta son realmente graves. Crece la amenaza de nuevas guerras y crisis contra la mayoría de la humanidad que se está quedando sin tierra, sin bosques, sin posibilidad de vivir decentemente en sus hogares.

A poco más de dos jornadas del cierre, hoy la feria amenaza ruina en medio del caos organizativo y las diferencias de fondo. Es importante no perder vista qué nos depara el próximo futuro si no se consigue un acuerdo vinculante, justo y de ejecución rápida en Copenhague. Ante el portazo africano y el asomo de la revuelta del Sur contra propuestas de acuerdos irrelevantes y vergonzosos, el propio Obama llamó ayer a Meles Zenawi, presidente de Etiopía, y a Sheikh Hasina Wazed, primer ministro de Bangladesh para calmarlos.

¿Cuál es el miedo que va tomando cuerpo en el Norte rico y contaminante pero también en las megalópolis industriales del Sur (en China, India, Brasil o México)? Sencillamente, que si no se hace algo relevante ya, crece la amenaza de nuevas guerras y crisis contra la mayoría de la humanidad que se está quedando sin tierra, sin bosques, sin posibilidades de vivir decentemente en sus hogares. Naturalmente, el “riesgo” migratorio puede dispararse, por cuanto emigrar es una de las primeras estrategias que ha usado la humanidad durante la historia cuando se han modificado radicalmente las condiciones climáticas. Incluso un dudoso acuerdo global para no superar un aumento del 2°C de las temperaturas medias sería insuficiente, ya que para muchos estados insulares caribeños, en el Índico y en el Pacífico todo lo que esté por encima de 1.5°C puede ser catastrófico. Un caso paradigmático lo constituye el destino de Tuvalu, que, con 10.000 habitantes, puede desaparecer pronto completamente. A pesar de su gravedad, estos impactos palidecen ante el caso de Bangladesh o el Sahel, donde podrían perder sus tierras (por inundación o sequia) decenas de millones de personas. De hecho, si no hay un cambio real en nuestra interacción con el clima, la International Organization for Migration (IOM) prevé más de mil millones de refugiados climáticos para 2050.

Es así como la catástrofe climática vuelve a mostrarse como una cuestión de justicia. Como decía hoy Antonio Guterres, el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR), hay que distinguir entre la emigración como opción de vida, individual y para mejorar las condiciones de vida, y las nuevas migraciones forzadas. En este sentido, el exprimer ministro portugués ha advertido de la disparidad creciente entre el aumento de la migración forzada de decenas de millones de personas hacia el Norte y las políticas de seguridad cada vez más xenófobas de la Unión Europea. Para él, la UE, el continente con menos fecundidad, necesita más inmigrantes para sobrevivir como potencia económica y, además, es un deber humanitario facilitar legalmente la migración de los refugiados climáticos hacia Europa. La alternativa es el apartheid planetario contra la parte más vulnerable del Sur.

A día de hoy, nada de esto parece inquietar lo más mínimo a actores como los EUA, la UE o la propia China. John Kerry, senador demócrata y responsable legislativo para cambio climático de Obama, ha dado hoy una esperpéntica rueda de prensa en clave de política interna y ha pedido al mundo que comprendiera las complejidades del sistema de representación de los EUA. Además, ha apostado por reducir la contribución pública de su país al Sur en beneficio de créditos del Banco Mundial y del FMI y ha dejado caer que un poco más de energía nuclear ayudaría a proteger el clima. Ni una palabra sobre la vulnerabilidad del Sur ni la marea de refugiados que se ve venir. Merecería figurar en la orquesta del Titánic, aquella que siguió tocando mientras el coloso se hundía. Como decían los manifestantes del sábado, “tenemos que cambiar de políticos, no de clima”.

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Crónica 7: ¿Maquillar o reducir carbono?
Copenhague, 16 de diciembre del 2009

Entramos en los días decisivos y sin acuerdos clave a la vista. El principal tiene que ver con la reducción de emisiones para 2020 y 2050. Mientras toma fuerza el maquillaje de los mercados de carbono, que pueden acabar alentando la especulación financiera sin reducir las emisiones. Desde el Klimaforum, la Conferencia Alternativa en Copenhague, se alzan voces denunciando este nuevo negocio.

Hemos entrado en los días decisivos y sin acuerdos clave a la vista. El principal tiene que ver con la reducción de emisiones para 2020 y 2050. El tiempo corre en contra. Aunque sea invisible, una tonelada de CO2 permanece en la atmósfera más de un siglo. Si paráramos ahora mismo todas las emisiones, su efecto seguiría afectando decisivamente el equilibrio climático durante mucho tiempo. Desde Kioto, las emisiones globales han aumentado cerca de un 40% en lugar de reducirse y hemos superado el punto crítico, seguro, de concentración de emisiones letales en la atmosfera.

Decía ayer Larry Lohmann, el mejor experto independiente en la economía del cambio climático, que los mayores crímenes ambientales han sido cometidos bajo el régimen de Kioto a través de los llamados “mercados del carbono”. Aunque fue, en principio, una idea de ambientalistas estadounidenses, pronto atrajo la atención de espabilados especuladores. Gracias a ello, hoy mueven más de 20 millardos de dólares al año. Mediante el comercio de cuotas de contaminación y la utilización de los bosques y el suelo del Sur como sumideros de carbono, este lucrativo negocio no está directamente en manos de las grandes corporaciones contaminantes sino de la misma superclase financiera (la de Goldman Sachs & Co) que ha llevado al crack económico presente, ya que es un mercado emergente que pronto puede constituir el primer mercado financiero del mundo. El Banco Mundial, a través de los Fondos de Inversión Climática, hace el trabajo sucio de abrir camino a estos mercados y dictar las condiciones para que los estados del Sur compitan por ponerse a tiro de las inversiones que pueden ofrecerse. Los “mejores” precios se obtienen allí, donde ya están en marcha 5.500 proyectos basados en “Mecanismos de Desarrollo Limpio”, como, por ejemplo, eliminar un bosque tropical para plantar uno nuevo alóctono que permita seguir justificar la continuación de la contaminación en otras zonas del Planeta. El resultado es, en palabras de Souparna Lahiri, coordinador del National Forum of Forest People & Forest Workers de India, simplemente criminal: expropiación de tierras, destierro de comunidades campesinas al extrarradio urbano, incluso allí donde el proyecto consiste en implantar energía limpia como la eólica, la electricidad no llega a los vecinos,…

Copenhague puede dar un impulso formidable a este maquillaje de carbono, que alienta la especulación financiera sin reducir las emisiones. El Banco Mundial mismo hace fabulosos cálculos de negocio: el coste de adaptación al cambio climático entre 2010 y 2050 para no sobrepasar un aumento de 2°C sería entre 75 y 100 millardos de dólares anuales. Y señala las dos grandes áreas de operación serían el corredor Sureste asiático-Pacífico y América Latina y el Caribe.

¿Qué propone desde Klimaforum el prestigioso Durban Group for Climate Justice? Básicamente, dos objetivos: prohibir el tráfico de carbono, el mercadeo de la atmósfera como bien común de la humanidad y del Planeta, y sustraer al Banco Mundial la asignación de los fondos de inversión climática a favor de las Naciones Unidas. Esta nueva arquitectura de la protección climática permitiría eliminar la especulación financiera y abriría la puerta a la descentralización y la participación de los pueblos del Sur en la urgente tarea de proteger el clima. Y, como afirma Janet Redman, del Institute for Policy Studies, pasaríamos de un escenario de “ayuda” caritativa del Norte a uno de “reparaciones”, de pagar la deuda climática con el Sur, desde un nuevo equilibrio de fuerzas realmente cooperativo. Son mensajes que mañana intentará hacer llegar pacíficamente y en el propio recinto del Bella Center la manifestación por la justicia climática. Esperemos que sean recibidos por los Grandes Líderes del mundo en lugar de la prepotente policía danesa.

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Crónica 6: África da un portazo: sin no se salda la deuda climática, no habrá foto
Copenhague, 14 de diciembre del 2009

Esto se anima. A media mañana África ha dicho basta y ha abandonado las negociaciones temporalmente. Paralelamente empieza a hacerse espacio la idea, promovida por los movimientos sociales y adoptada ahora por algunos gobiernos, como el de Bolivia, de que la protección del clima constituye, sobre todo, una cuestión de justicia. Quedan apenas cuatro jornadas de Conferencia y se dispara el riesgo de que lleguen mandatarios del máximo nivel sin que el acuerdo esté amarrado. Algunos países del Sur y los movimientos sociales están abriendo una brecha en la feria de Copenhague.


Crédito Fotografía: Lumumba Di-Aping, portavoz del Grupo 77

Esto se anima. Mientras el New York Times empezaba la semana decisiva hablando de la “normalidad” con que se discurría la Conferencia oficial, a media mañana África ha dicho basta y ha abandonado las negociaciones temporalmente, dejando la puerta abierta por ahora a meros contactos técnicos. El portazo africano ha sentado como una ducha fría a la élite nórdica, confortablemente entretenida con encuentros sobre “negocios verdes” y con los anuncios liliputenses pero continuos de nuevas ayudas al Sur en tecnologías limpias, como los 85 millones de dólares en cinco años que acaba de anunciar Steven Chu, el Secretario (Ministro) de energía de Obama. Quedan apenas cuatro jornadas de conferencia y se dispara el riesgo de que lleguen mandatarios del máximo nivel sin que el acuerdo esté amarrado.

Lumumba Di-Aping, el tenaz sudanés que ejerce de portavoz del Grupo 77 + China, ha denunciado que el Norte está tratando de sustituir el Protocolo de Kioto, el único real y vinculante en materia climática, por un acuerdo político con compromisos de reducción de gases invernadero muy por debajo de lo necesario. Además, África cree que la presidencia danesa y la UE están intentando marginarles de la negociación para ofrecerles en las últimas horas una propuesta cerrada, con un margen de financiación irrisorio y sin prestar atención a que, para muchos países del Sur, el objetivo de estabilizar el aumento de las temperaturas del Planeta en un máximo de 2°C no es suficiente. Desde la perspectiva del delta del Níger o África subsahariana todo lo que esté por encima de 1.5°C puede ser catastrófico, como aseveraba el sábado Rajendra K. Pachauri, el director del IPCC.

Coincidiendo con la protesta africana, empieza a hacerse espacio incluso en la cumbre oficial la idea de que la protección del clima constituye, sobre todo, una cuestión de justicia. En una concurrida rueda de prensa en el propio Bella Center, portavoces de la red mundial “Clima-Debt” hacían visible el apoyo de más de 50 estados (desde Bolivia, Bután, Malasia, Paraguay o Venezuela pasando por los 49 más empobrecidos y vulnerables, conocidos como el Grupo de los Países Menos Desarrollados). Según ellos, si el 70% de las emisiones letales para el clima acumuladas históricamente son producto del estilo de vida del Norte, este debe reconocer su deuda con el Sur, el hemisferio más poblado y que está sufriendo ya el mayor impacto de la catástrofe climática. El Norte tendría que pagar al Sur no sólo por la deuda acumulada en por crímenes contra el clima común sino también para poder adaptarse a lo que le cae encima sin haber contribuido a ello. El gobierno boliviano, por ejemplo, ha presentado un novedoso documento sobre el concepto de “deuda climática” y ha propuesto que sea incorporado como enmienda al Protocolo de Kioto. En palabras de su presidente, Evo Morales, se trataría de llegar a un acuerdo global sobre como conllevar el “buen vivir” sin fronteras.

La verdad es que el Sur y los movimientos sociales están abriendo una brecha en la feria de Copenhague. Tienen muy poco que perder y lo saben. El propio Di-Aping decía hoy que África no tiene nada que negociar porque no es responsable del problema. Y avisaba a negociadores neocoloniales que su continente (nada menos que 1.000 millones de personas) no tiene que hacer ninguna concesión para llegar a un acuerdo y que sus únicos objetivos aquí son: conseguir los mejores apoyos para que sus sociedades puedan adaptarse a la catástrofe climática en marcha y asegurarse que el Norte cumpla con su deuda y reduzca de verdad sus letales emisiones. En los próximos días, sabremos si quedan líderes en mayúsculas capaces de proteger nuestro clima común. Es tiempo de hechos, no palabras.

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Crónica 5: Rescatar bancos, airbuses militares y países del Sur no es lo mismo
Copenhague, 13 de diciembre del 2009

Llegamos al final de la primera semana de Conferencia. Las posturas empiezan a clarificarse y sobre la mesa de negociación se encuentran tres propuestas sustancialmente diferenciadas de cómo debería cerrarse un posible acuerdo. Los principales Estados responsables de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero dominan la partida. Mientras, en las calles de Copenhague, miles de manifestantes claman por una justicia climática global.

No nieva en diciembre en Dinamarca, llegan icebergs de 140 km a Australia; bienvenidos a la “nueva normalidad” en el Planeta. Sin embargo, en los últimos dos días, ha cambiado completamente la atmósfera de Copenhague. Llegamos al final de la primera semana de cumbre climática con tres posturas muy decantadas. La primera, la de los estados del Norte, que ofrece un acuerdo de aplazamiento para más allá de 2020 de la reducción sustancial de emisiones invernadero y revisa al alza (la UE pondría ahora 11 millardos de dólares) su cheque climático al Sur. China y el resto de países emergentes proponen involucrar decisivamente a los EE.UU en un tratado vinculante y que el montante de las ayudas a la protección del Sur, sin cuantificar pero claramente superior, no pase por el Banco Mundial sino por las Naciones Unidas. Finalmente, 50 estados africanos proponen reducir drásticamente las emisiones mundiales en un 50% en 2017 hasta llegar al 65% en 2020 respecto a los niveles de 1990. Además, al considerar un soborno insultante por su nimiedad la suma propuesta de los estados más contaminantes, considerarían justo que el Sur más empobrecido recibiera el equivalente al 5% del Producto Interior Bruto de los estados más ricos para hacer frente al cambio climático y para incrementar su bienestar comunitario. Entre 2010 y 2012, eso significaría 40 veces más financiación que la última oferta del Norte.

A una semana del fin de la Cumbre, las posiciones tienden, pues, a clarificarse. Para que nos hagamos una idea de qué piden nuestros hermanos y hermanas más empobrecidos, nada como contextualizar sus demandas. En términos futbolísticos y tomando como referencia la cifra más conservadora conocida (5 billones de dólares), el dinero público regalado por la selección de Obama, Brown, Merkel, Sarkozy, Zapatero y Cía a los especuladores financieros “gana” por 300 a 1 a lo que estos líderes globales ofrecen a los estados que sufrirán a corto plazo y en peores condiciones los efectos del cambio climático. Por una infeliz casualidad, el viernes se supo que por primera vez voló un Airbus A400M de un programa que prevé la adquisición de 180 aviones de transporte militar, valorado en 20 millardos de euros, por parte de Alemania, Reino Unido, Francia, España, Luxemburgo, Bélgica y Turquía. También aquí el “esfuerzo” nórdico a favor ahora de un arma de guerra vence por 2 a 1 el conjunto de la ayuda climática al Sur más necesitado. Más allá de las palabras, los números son los números y expresan qué vale cada uno.

En medio de la guerra de posiciones absolutamente desnivelada a favor de quienes somos responsables del 75% de las emisiones acumuladas de gases invernadero desde mitad del siglo XVIII, la buena noticia es que este sábado se manifestaron durante horas por las calles de Copenhague entre 30.000 y 100.000 personas. Recordaban al mundo y, sobre todo a sus Grandes Líderes que “No hay un Plan B” y que “La Naturaleza no hace negocios”. Incluso proponían cosas tan sugerentes como “Hay que cambiar de políticos, no de clima”. A pesar de estar cercados por helicópteros y policía como si ellos fuesen los terroristas, en un ambiente de fiesta lleno de diversidad, han sembrado la semilla que puede decidir en los próximos tiempos, y para bien de la humanidad, la protección del clima: el “Yes, we can”, el poder de la gente ante la inconsciencia y la falta de acción de nuestros dirigentes.

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Crónica 4: REDD, la nueva magia nórdica que arrasa
Copenhague, 12 de diciembre del 2009

Los Programas REDD, o mercados de carbono, se están convirtiendo en la nueva estrella del capitalismo verde. Parecieran una solución ideal en la que todos ganan. Sin embargo, otras voces alertan de los riesgos del nuevo Caballo de Troya del viejo colonialismo.

Es fantástica la versatilidad de los mercados y del capitalismo verde. No paran de “innovar” y “poner valor” aquello que no valía “nada”. En Copenhague, aseguraba ayer Luis Figueiredo, el jefe de la delegación brasileña, si hay algo seguro por el consenso que genera a todos los niveles es que van a darse carta de naturaleza oficial a los llamados programas REDD, es decir, de “reducción de emisiones generadas por la deforestación y la degradación forestal en los estados en desarrollo”. El problema a resolver es evidente: la deforestación de los bosques del Sur genera cerca del 20% de los gases invernadero provocada muy mayoritariamente por los intereses ganaderos y de producción de biocombustibles de las corporaciones transnacionales como Monsanto o Cargill.

¿Y qué pretenden los REDD? Básicamente, que los estados del Sur que ralenticen su deforestación ganen créditos. Gracias a ellos, podrán venderlos en los mercados del carbono a países nórdicos que no puedan o quieran reducir emisiones en su casa. También podrán ser compensados a través de un fondo gestionado por los países del Norte (los que han creado el problema) o las dos cosas a la vez. Suena realmente bien: todos ganan, ya que el Norte paga al Sur por descontaminar o por dejarle seguir contaminando en casa mientras que el Sur saca un dinero que no confiaba. Tanto es así que prestigiosas voces como el IIED de Londres o el Green Belt Mouvement de la premio Nobel de la Paz keniata Wangari Maathai se han convertido en entusiastas promotoras de la solución REDD y la lista de espera para acceder a estos fondos de colectivos del Sur no hace más que crecer.

No todo el mundo lo ve así. En la propia sede oficial de la Cumbre Climática, hemos podido oír a representantes de la Global Forest Coalition señalar dos ideas fundamentales. En Nepal, lo que ha permitido recuperar la mitad de los bosques del país ha sido la autoorganización campesina con apoyo de ambientalistas conocedores de las necesidades locales. Para el representante ugandés, los REDD reducen los bosques a meros vertederos de carbono y, por ello, los “marchantes de carbono” intentan expulsar a los pueblos indígenas de sus tierras para que estas estén disponibles para cuadrar las cuentas nórdicas del carbono. La Red Indígena sobre el Medio Ambiente también lo tiene claro. Vista la dura experiencia en lugares tan distintos como Nigeria, Australia, Perú o Alaska, REDD no significa otra cosa que “Rápido Enriquecimiento con Desalojos, usurpación de tierras y Destrucción de la biodiversidad”. Una amenaza cada vez más cercana para muchos pueblos alejados del estilo de vida del Norte (el pulmón amazónico del Planeta está en el punto de mira) en la medida en que se dispara el estrés de transnacionales como Shell o BP, aliadas con el Banco Mundial, por encontrar sumideros de carbono en el Sur. El motivo es obvio: sale mucho más barato que reducir emisiones en el Norte. También hay gobiernos poderosos que recurren a ello. España, oficialmente la octava potencia mundial, busca desesperadamente comprar o subvencionar derechos de contaminación en países del Sur para no tener que reducir emisiones (Le Monde, 8 de diciembre). Hay miedo a perder votos: no en vano, la urgencia climática se sitúa como segunda preocupación, tras el paro, en regiones del Norte como la UE, según el último Eurobarómetro. Atentos pues a la jugada. Los REDD tienen todos los números para convertirse en un caballo de Troya del viejo colonialismo y, encima, no ayudan a mitigar sino apenas a maquillar las letales emisiones invernadero.

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Crónica 3: Alarma: las autopistas aéreas pueden terminar con el clima
Copenhague, 10 de diciembre del 2009

Mientras sigue la negociación sobre niveles de reducción y de dinero, vale la pena fijarse en uno de los “olvidos” fundamentales de Kioto: la industria turística y su contribución al cambio climático, especialmente por las emisiones de gases de efecto invernadero del transporte aéreo. Continuar con esta impunidad, amenaza con arruinar a medio plazo cualquier avance en Copenhague.

Mientras sigue la negociación sobre niveles de reducción y de dinero, vale la pena fijarse en uno de los “olvidos” fundamentales de Kioto, ya que amenaza con arruinar a medio plazo cualquier avance en Copenhague. En un interesante taller de debate sobre “Justicia climática y turismo” celebrado hoy en el Klimaforum alternativo, Paul Peeters, ingeniero y profesor en la Universidad de Breda, explicaba como nada menos que el 13% del total de emisiones invernadero tienen su origen en el turismo, especialmente por el enorme peso del transporte aéreo. Reduciendo apenas el 9% del transporte turístico, básicamente el dirigido hacia destinos lejanos, se conseguiría reducir el 50% de las emisiones. Sorprendentemente, el Protocolo de Kioto exoneró de toda reducción los gases de efecto invernadero provenientes de la aviación y el turismo internacionales. Wolfgang Mehl, experto de la Climate Alliance (Austria), afirmaba que “no se puede globalizar la industria turística del Norte” porque el Planeta no lo aguantaría y que es injusto que apenas el 2% de los seres humanos, los que podemos permitirnos el lujo de viajar internacionalmente, estemos causando un volumen de emisiones tan letal. De hecho, si las cuentas climáticas de la UE se hubieran hecho bien, esto es, contabilizando los vuelos entre estados de la Unión como vuelos domésticos, en lugar de haber cumplido con Kioto resultaría que nos habríamos quedado un 10% por debajo.

Lo peor es que si cruzamos las proyecciones de turistas y la expectativa de aumento del tráfico aéreo para 2020 el incremento de las emisiones podría ser del 161%. Es decir: mientras los líderes del mundo hablan sobre proteger el clima, se está agigantando una enorme brecha a través de las autopistas aéreas sin que haya señales que Copenhague vaya a reparar el “lapsus”. Esta impunidad climática del turismo y la aviación sigue siendo un tema tabú en Bella Center. Ello permitía hoy a Luigi Cabrini, portavoz de la Organización Mundial del Turismo (afiliada a las naciones Unidas), lavarse las manos en el debate citado e incluso se atrevía a presumir del turismo como una industria “limpia” capaz de estar implementando más de 80 microproyectos voluntarios de reconversión climática de la oferta. Por su parte, el lobby de la industria aeronáutica nos invita a diario a seminarios “negacionistas” (a pesar de lo que dicen los científicos, la aviación sólo contribuiría marginalmente al cambio climático) y, encima, nos deleita con un futuro con más aviones pero “verdes”, propulsados por mágicos biocombustibles, los mismos que sirven de excusa para quitar la tierra y el sustento a millones de campesinos del Sur.

Tocando de pies a tierra, Mehl i Peeters han propuesto minimizar los costes climáticos del turismo viajando menos veces y por más tiempo. Con ello se garantizaría, además, que los ingresos turísticos de los países más empobrecidos pudieran mantenerse. Adicionalmente, con la vista puesta en los objetivos de reducción postKioto, no quedará más remedio que gravar con una tasa por contaminación los vuelos aéreos, turísticos o no. Quizás el mejor resumen de lo que hay que hacer, pensando en el turismo pero también en lo que será relevante cuando pase Copenhague, ha sido el de Fe’iloakitau Kaho Tevi, de la Pacific Conference of Churches: “el cambio climático tiene que ver con un cambio de nuestro estilo de vida”.

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Crónica 2: ¿Adiós a Kioto, una propina para el sur y todos contentos ?
Copenhague, 9 de diciembre del 2009

Ayer se dispararon todas las alarmas sobre por dónde van las negociaciones al difundirse un borrador supuestamente impulsado por Dinamarca y con la aquiescencia de los EE.UU y el Reino Unido que no cumple en absoluto con la mayoría de expectativas. Antes de que sea tarde, está llegando la hora de unir esfuerzos entre las regiones más amenazas y exigir un tratado vinculante, con reducción relevante de las emisiones y que salde con dignidad, repartiendo dinero y tecnologías limpias ya, la “deuda climática” generada históricamente por el Norte.

Ayer se dispararon todas las alarmas sobre por dónde van las negociaciones. El prestigioso The Guardian publicó un borrador supuestamente impulsado por Dinamarca y con la aquiescencia de los EE.UU y el Reino Unido. En él, no se menciona para nada el Protocolo de Kioto aunque es el único tratado existente sobre el clima. En su lugar, se dan largas al cumplimiento de objetivos reales de reducción. Para 2050 esta sería del 80% de las emisiones contempladas hasta hoy (sin incluir las grandes olvidadas, las del transporte y el turismo internacionales). Pensando contentar a los países del Sur, se pondría sobre la mesa la extraordinaria suma de 10 millardos anuales entre 2012 y 2015 para ayudarles a hacer frente al cambio climático en marcha. Como en toda gran feria, se trata de una jugada señuelo para empezar a ver cómo reaccionan el resto de “compradores” y mirar de ajustar el “precio” del acuerdo. De la foto final llena de sonrisas del 18 de diciembre, por hablar claro.

Mientras la filtración hacía su camino, el Banco Mundial se ofrecía en una concurrida rueda de prensa para gestionar los nuevos “fondos del clima”. Presumiendo de “10 años de experiencia financiando la gestión del clima”, peroraban sobre las “excitantes expectativas” de negocio para nuevas “alianzas empresariales”, “inversores” y “mercados”. Hablaban como si el crash financiero global nunca hubiera ocurrido y como si pudiera existir una solución tradicional capitalista donde todos pueden sacar algo de dinero, siempre que se respete la cadena de mando global.

En estas horas de euforia neoliberal, apareció el sudanés Lumumba Stanislaus Di-Aping, portavoz del llamado Grupo de los 77, que agrupa a buena parte de los estados más empobrecidos del mundo, y aguó la fiesta. Básicamente, recordó a los grandes que hay que escuchar a todo el mundo y que ni hablar de la irrisoria cifra de ayuda al Sur. De hecho, dejó caer que no excluían la posibilidad de abandonar Copenhague si las cosas no cambiaban de verdad. Kevin Conrad, representante de Papúa-Nueva Guinea, reflexionaba sobre si las opciones para el Sur se reducían a elegir entre la falta de acuerdo y un mal acuerdo.

Muchos países e incluso ONGs del Sur han venido a Copenhague esperando que les toque algo en la subasta climática, pero, a día de hoy, la decepción crece ante la “propina” que el Norte les empieza a enseñar. Sólo lo que exige la región centroamericana, 105 millardos de dólares como fondo de rescate climático, multiplica por 10 la posición inicial del “borrador danés”. Todo esto, el mismo día que el volumen de dinero especulativo vía Hedge Fund rebasaba la cota de los 2.000 millardos de dólares. Antes de que sea tarde, está llegando la hora de unir esfuerzos entre las regiones más amenazas y exigir un tratado vinculante, con reducción relevante de las emisiones y que salde con dignidad, repartiendo dinero y tecnologías limpias ya, la “deuda climática” generada históricamente por el Norte.

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Crónica 1: Optimismo oficial vs. rescate del clima común
Copenhague, 8 de diciembre del 2009

Empezó la cuenta atrás hasta el 18. Desde el primer momento, el escenario en Bella Center (sede oficial de la Cumbre del Clima) envía señales cada vez más esperanzadoras. No sólo podría haber un tratado sino que incluso podría ser relevante. Es imposible seguir las apuestas. El optimismo está ganado adeptos y el gobierno danés no ha dudado en convertir la bella Copenhague en nada menos que “Hopenhagen”, algo así como la “ciudad de la esperanza”. Y, sin embargo, algo va mal en la sala de máquinas.

Empezó la cuenta atrás hasta el 18. Desde el primer momento, el escenario en Bella Center (sede oficial de la Cumbre del Clima) envía señales cada vez más esperanzadoras. No sólo podría haber un tratado sino que incluso podría ser relevante. Es imposible seguir las apuestas: EUA promete -3/4%, la UE – 20%, e incluso países clave como China o India no se quedan atrás, aunque hagan trampas en las cuentas, ya que seguirían emitiendo más aunque más eficientemente.

Llueven las ofertas de cheques millonarios para el Sur aunque sin dar demasiados detalles a la espera del cierre apoteósico de la feria. La UE, por ejemplo, deja caer que pondría entre uno y tres millardos de euros en ayudas de aquí a 2012. Connie Hedegaard, la ministra danesa anfitriona y futura comisaria europea para el clima, se siente feliz porque vendrán al menos 110 jefes de estados o presidentes de gobierno y habrá muchos ministros de finanzas, ya que son los que al final “entienden” cómo deben ser los tratados.

El optimismo está ganado adeptos y el gobierno danés no ha dudado en convertir la bella Copenhague en nada menos que “Hopenhagen”, algo así como la “ciudad de la esperanza”. Y, sin embargo, algo va mal en la sala de máquinas. Yvo de Boer, el negociador en jefe de las Naciones Unidas, afirmaba también ayer que, para muchas sociedades, limitar el calentamiento global a máximo 2°C más en 2050 no les va a servir para nada. Bangladesh acaba de pedir al menos el 15% de los fondos para hacer frente al cambio climático. Su razón: si el nivel del mar creciera apenas un metro, más de 20 millones de habitantes (un 15% de su población) se convertirán en refugiados ambientales. Para muchos estados del Sur (especialmente en el Pacífico, el índico y el Caribe) el cambio climático no es una amenaza de futuro sino la cruda realidad ahora mismo. Traducido en cobertura de prensa, la victoria del Norte es llamativa: mientras la angustia de Bangladesh apenas atrajo a una veintena de periodistas, la de los EUA conseguía triplicarlos…

Las voces del planeta real empezaron a oírse también en el KlimaForum, la cumbre alternativa. Naomi Klein, una de las voces fundamentales del movimiento por una globalización justa, en un discurso inspirador, nos conminó irónicamente a ser realistas ante la nueva campaña publicitaria de los grandes líderes del mundo para generar optimismo prenavideño. Habrá acuerdo pero no justicia histórica: las transnacionales y el consumismo del Norte que han generado el 75% de las emisiones letales para el clima seguirán controlando los tiempos y las “soluciones”. Para Klein, la Cumbre del Bella Center es el resultado del mayor desastre que el capitalismo haya generado en la historia y no hay tiempo que perder, ya que estamos protestando contra el intento de privatizar la Vida en su conjunto. Los niveles de reducción propuestos son insultantes por su distancia respecto a lo que necesitamos (-50% para 2020, -80% en 2050 para el Norte). Acusó a Obama de servilismo a las transnacionales y de estar creando auténticos “sumideros de esperanza” en lugar de apostar por la justicia climática. Porque la idea clave es la de “deuda ecológica” del Norte industrial con el Sur empobrecido del Planeta, el más poblado y donde, sin haber contribuido a ello apenas, se están produciendo las mayores catástrofes climáticas. Si no hay justicia climática, centenares de millones de personas se convertirán en emigrantes ambientales hacia el Norte. La activista canadiense nos recordó como en las paredes Washington D.C. puede leerse una pintada iluminadora: “Si piensas que la globalización es mala, imagínate el capitalismo”. Porque resolver la crisis climática, garantizar una atmósfera respirable para hoy y mañana, requiere que la red de iniciativas ciudadanas por otra globalización, que nació en Seattle en 1999, madure. Que profundice en las raíces de la mayor crisis ambiental y social vivida en la historia para poder avanzar juntos el Sur y el Norte hacia la justicia climática. Porque en Copenhague, en realidad, estamos juzgando al capitalismo. No hay que esperar milagros: aquellos que han “rescatado” a los especuladores financieros de la quiebra enterrando montañas de dinero público no van a rescatar el clima común de la humanidad del colapso. El legado de Copenhague tiene que ser éste: imaginar y promover una transformación radical, democrática y justa del sistema mundial. Sólo así tendrá sentido la esperanza.

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Artículo 4: Seattle + 10? un clima para una sola humanidad
29 de noviembre del 2009

Cuarto artículo de la serie COPENHAGUE, CUENTA ATRÁS, de Joan Buades, en el que se analizan los últimos movimientos previos a la Cumbre de Copenhague poniendo en evidencia lo mucho que nos jugamos. Un llamado a la desobediencia en la defensa de una justicia climática global.

La última semana ya. Tras años de negociaciones previas en una jerga para iniciados, llegó la hora de la verdad para el clima común. Como sospechábamos en nuestra crónica anterior, los asesores están haciendo bien su trabajo y ha vuelto el optimismo oficial sobre el clima de la megacumbre climática. Obama vendrá aunque sea sólo un día y prometerá reducciones norteamericanas por primera vez. Hu Jin Tao (China), Manmohan Singh (India), Lula da Silva (Brasil) estarán ahí también, simbolizando el compromiso de los países del Sur emergentes con objetivos más o menos relevantes de reducción de emisiones. Incluso parece posible lo impensable hace poco: un nuevo tratado político capaz de detallar niveles globales y regionales de emisiones para 2020 y 2050. Los detalles normativos quedarían para una futura cumbre, posiblemente en México dentro de un año.

No nos dejemos engañar por las apariencias. Lo más relevante es fijarse en el cambio de prioridades por parte de los grandes del mundo. Para Hervé Kempf, hay que mirar atrás, al paisaje de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de Seattle en 1999. Eran tiempos donde la agenda neoliberal era hegemónica y amenazaba con arruinar aún más el expolio del Sur a través de la ampliación de la “libertad” de comercio. Inesperadamente, Seattle fue un sonoro fracaso gracias al efecto combinado de una coalición informal de la protesta de miles de activistas de todo el mundo junto con el bloqueo de un amplio bloque de estados de Sur ante el temor de la ruina definitiva de su agricultura y comercio ante las nuevas armas de penetración comercial sin fronteras que pretendía otorgar la OMC a las grandes corporaciones industriales.

Ahora, los tiempos han cambiado: la urgencia del clima en muchas regiones del Planeta está desplazando a un segundo plano la agenda neoliberal que ha servido de hoja de ruta para manejar la última crisis financiera. Ni siquiera un liderazgo soft como el de Obama o el hermético industrialismo comunista chino pueden sustraerse, como pretendían hasta hace poco pretextando prioridades internas (la reforma sanitaria, el “desarrollo” económico), a pasar por Copenhague y comercializar una nueva imagen proclima ante el mundo. El fantasma de un Seattle climático les ha obligado a mover ficha. El gobierno danés intuye también que Copenhague corre el riesgo de ser escenario de una nueva revuelta global como la de 1999 y no ha dudado en militarizar la Cumbre en una suerte de defensa preventiva contra las protestas ciudadanas por un Planeta respirable y justo.

No van equivocados. Se está viviendo un despertar inaudito de las voces oficiales en el Sur que reclaman justicia climática ahora (cobrar la deuda histórica por no haber contaminado como nosotros en el Norte, obtener transferencia tecnológica urgente y barata para cambiar de modelo de “progreso”). Por ejemplo, África (que, con casi 1.000 millones de personas genera las mismas emisiones que Texas, con apenas 30 millones) va a estar representada por una sola voz por primera vez en la historia. Paralelamente, el bien climático común de la Humanidad va a estar fuertemente defendido también por los miles de participantes en la Cumbre alternativa, el Klimaforum09, la llamada cumbre climática popular. Desde una de les redes ciudadanas más sugerentes, Climate Justice Action, se ha hecho un llamamiento a la desobediencia democrática en las calles de Copenhague el día clave, el 16, y a conseguir que la voz de la mayoría se pueda oír dentro de la Cumbre oficial. Significativamente, ante las transnacionales que asesinan el clima y los gobiernos cómplices, apelan a “exigir poder” y “justicia climática”.

Y es que el cáncer neoliberal no duerme. Consciente de que en Copenhague van a expedirse muchos cheques para comprar paz y docilidad en el Sur, el mismo Banco Mundial que ha contribuido a colonizar y empobrecer las expectativas de bienestar del Sur, se mueve sigilosamente para convertirse en el gestor de los nuevos Fondos de Inversión Climática. En el fondo, como nos recuerda inspiradoramente Naomi Klein, crece la “rabia climática” de casi el 80% pobre de la Humanidad respecto a la minoría rica que ha puesto el aire respirable en juego y la conciencia de que, esta vez, un exceso de obediencia podría provocar el fin de la vida humana sobre el Planeta. Es hora de desobedecer antes de que sea demasiado tarde.

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Artículo 3: Subasta climática: el espejismo de los cheques caritativos, por Joan Buades
5 de noviembre del 2009

Tercer artículo de la serie COPENHAGUE, CUENTA ATRÁS, de Joan Buades, miembro de ALBA SUD, en el que denuncia cómo se está desviando la atención sobre la necesidad de un acuerdo normativo sobre el Cambio Climático en la próxima Cumbre de Copenhague con discusiones sobre los costes de su financiamiento.

Recién inaugurada la conferencia previa de Barcelona, se acumulan los indicios de que las negociaciones acabarán con una foto final positiva, como han ido recomendando los asesores de imagen de las transnacionales y de los grandes estados industriales. El escenario con que se llegará a Copenhague resulta bastante diferente de lo que se preveía hace pocos meses: el enorme rescate con dinero público de las deudas criminales de bancos y corporaciones privadas está permitiendo recuperar el mando de la gobernabilidad global en los términos habituales. Los elementos clave son la determinación de avanzar con pasos pequeños y la reducción de las diferencias de intereses y necesidades a una cuestión de dinero.

Pasada la fase de crisis a tumba abierta que hacía temer que no quedaría otro remedio que incrementar la regulación, el control democrático, del sistema financiero y, en el caso de la protección del clima, la sustitución de Kyoto por un acuerdo completo con carácter normativo para el conjunto de las actividades contaminantes, la élite industrial y política mundial respira aliviada. En los EE.UU., la sociedad más contaminante del planeta si lo miramos por cápita, la Administración Obama ya ha dejado claro que "no tiene tiempo" para llegar a Copenhague con ninguna ley o proyecto de cuidado del clima aprobado, ya que su prioridad es la reforma sanitaria interna. La anfitriona de la cumbre, la ministra conservadora danesa, Connie Hedegaard, ha dejado de incomodar a las industrias fundamentales para la expansión del neoliberalismo y ya no habla ni en broma de introducir una tasa sobre el turismo internacional en avión y el transporte marítimo de mercancías, dos olvidos monumentales del tratado de Kyoto y que hipotecan cada vez más acusadamente cualquier reducción real global. Se impone el "realismo", es decir, las técnicas de Management aprendidas en Harvard: la cumbre tiene que salir bien y sería mejor un gran acuerdo con pequeños gestos positivos que una ruptura por no ser capaces de reformar en un sentido justo y sostenible el sistema de consumo de los estados industrializados.

Para que el mundo se lo trague, nada mejor que desviar el foco de atención hacia la factura: qué vale proteger el clima y quién lo pagará. Éste es el idioma nativo del neoliberalismo que nos ha llevado al precipicio y que se pretende que sea la herramienta intercultural compartida ("si ponemos dinero por el medio, todo el mundo querrá una parte y, por lo tanto, ya hemos ganado") que haga posible el acuerdo. Hace unos días, The New York Times lo resumía con crudeza: "El obstáculo mayor para el acuerdo climático global puede ser cómo pagarlo". La subasta está cogiendo velocidad. Si los economistas oficiales hablan de 100 millardos de dólares año para subvencionar la mitigación del caos climático en el Sur, hay bastantes entendidos que creen que la cifra tendría que multiplicarse por diez. China, que ya es líder absoluto en emisiones, no quiere ni oír hablar de pagar. Mientras tanto, los estados más vulnerables, como los africanos (Le Monde, 15 de septiembre de 2009) o los insulares amenazados de inundación permanente, amenazan con marcharse de la subasta.

Los EE.UU., la UE o el inefable gobierno español (que, para ganar imagen internacional a las puertas de asumir la presidencia de la UE el próximo mes de enero, acaba de anunciar que dará la irrisoria suma de 100 millones de aquí al 2012) se esfuerzan a hacer ver últimamente que firmarán "generosos" cheques en Copenhague para salvar el clima. Sin embargo: ¿quién puede fiarse de su palabra? Según la citada crónica del NYT, el flamante Fondo de Adaptación de las Naciones Unidas, creado en 2008, para financiar proyectos en el Sur que mitigaran el calentamiento global y que se tenía que alimentar tanto de los mercados del carbono gestionados por la propia ONU como con donaciones voluntarias del Norte, apenas ha recaudado hasta ahora 18 millones de dólares cuando se preveían un mínimo de 1. 6 millardos.

Para darse cuenta de la hipocresía de la élite industrialista a costa del clima de todo el mundo, resulta estremecedor el contraste con la fabulosa suma de dinero público que en menos de un año han conseguido desviar para salvar los problemas financieros de bancos y transnacionales privadas que han hecho su agosto con la especulación sin fronteras. Las estimaciones varían, pero van de un mínimo de cinco hasta los 13 billones de dólares. Es decir, el coste de entre dos y cuatro guerras de Irak como la actual. O entre 30 y 90 veces los pomposos Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas, dirigidos a reducir a la mitad la pobreza antes del 2015.

En el fondo, para los 200 millones de personas que se pueden convertir en refugiados ambientales en el 2050, el éxito de la "feria de Copenhague" será irrelevante. El riesgo de que el caos climático genere nuevas y terribles líneas de conflicto entre el Norte y el Sur es elevadísimo, como dice el psico-sociólogo Harald Welzer. En realidad lo que necesitamos en Copenhague es evidente: justicia climática para el Sur en un contexto de reducción drástica del estilo de vida consumista del Norte y los estados emergentes como la China y la India. Hacer otra cosa, como distraerse con cheques caritativos, no evitará la explosión de las migraciones Sur-Norte para sobrevivir.

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Artículo 2: Cuidando el clima (de negocios): Abandonar el Sur más empobrecido, olvidar Montreal, por Joan Buades
26 de septiembre del 2009

Segundo artículo de la serie COPENHAGUE, CUENTA ATRÁS, elaborada por Joan Buades, miembro de ALBA SUD, sobre el debate previo a la celebración de la Cumbre de Naciones Unidas sobre Cambio Climático que tendrá lugar del 7 al 18 de diciembre de 2009 en Copenhague.

Superando los temores recientes suscitados por la coincidencia de una recesión económica profunda y la lluvia de informes sobre la agudización y aceleración de los efectos del cambio climático, los líderes mundiales han aprovechado los últimos meses para vender optimismo de cara a la crucial cita de Copenhague. El propio presidente Obama, en un discurso inquietante por el vacío de su contenido, ha delimitado aquello que es posible conseguir (un acuerdo de palabras bienintencionadas y largas hasta el 2050 a los cambios urgentes) y donde son las líneas rojas (el tratado no puede fijar ningún objetivo relevante de reducción de emisiones antes del 2020, no tiene por qué ser vinculante y no tiene nada que ver con la cuestión de cómo respetar los derechos del Sur, comenzando por los alimenticios).

Hay muchos nervios, si bien de naturaleza suficientemente diferente. Por ejemplo, la industria turística (la primera economía sectorial del planeta) y la del transporte (que ostenta el récord de incremento de las emisiones letales para el clima) no duermen ante el miedo que en Copenhague se decida imponer una ecotasa que también las afecte. Una idea para nada alocada, por cierto. La sección alemana del WWF acaba de demostrar que el coste en carbono del viaje de un turista centroeuropeo a México es descomunal (7,2 de CO2 en un paquete de siete días), especialmente por el peso del transporte aéreo exonerado del tratado de Kioto. Un simple viaje de Fráncfort a Mallorca genera tanto CO2 como un coche que circule todo el año. Desde una entidad financiera fuera de toda sospecha, el Deutsche Bank, se acaba de hacer público un informe espeluznante sobre el hambre al mundo, llamando la atención sobre la dificultad de alimentar 9.000 millones de personas (+2.500 millones con respeto al 2005) en un contexto de creciente vulnerabilidad ambiental y climática. Al fin y al cabo, hay angustia ante el riesgo que buena parte del Sur, lo que no es ni China o India sobre todo, a la vista del colapso agrícola y climático, decida emigrar al Norte en las próximas décadas generando caos e inestabilidad en el corazón del sistema industrial. En el 2009 hemos llegado a 1.100 millones de personas con hambre (especialmente a la África subsahariana y a la Asia del sur). Un tercer temor lo constituye cuanto costará la “mitigación” del cambio climático y quién lo financiará. El prestigioso International Institute for Environment and Development de Londres critica los cálculos oficiales del IPCC (el Panel Internacional sobre el Cambio Climático de la ONU), que evaluaba en un máximo de 170 miliardos de dólares anuales (el coste de organizar tres Juegos Olímpicos), porque ignora sectores llave como la minería, la energía, el turismo o los sostenimiento de los ecosistemas. Según el IIED, el coste sería de dos a tres veces más caro y el impacto sería mucho desigualmente perjudicial en amplias áreas del Sur. Visto desde el Pacífico, Centroamérica y El Caribe o África, con emisiones por cápita muy por debajo del promedio, las transnacionales y el Norte tendrían que ser los únicos financiadores si quieren evitar el abismo.

En medio de estos interrogantes colosales, los líderes mundiales y muchas industrias multiplican los gestos de compromiso voluntario con el clima (el del sector aeronáutico es el más espectacular e ilusorio) así como las promesas de ayudas (siempre sin cuantificar) al Sur más empobrecido del Planeta. Se les ve el plumero. Porque la pregunta clave es: ¿por qué no es posible que en Copenhague se firme un tratado para proteger el clima siguiendo el modelo del único tratado ambiental mundial que ha funcionado en realidad, el Protocolo de Montreal que llevó a la desaparición rápida de los CFCs? Tal vez porque el de Montreal era un acuerdo vinculante para empresas y gobiernos, con plazos de abandono completo y definitivo de la fabricación de ingenios industriales lesivos para el escudo de ozono de la Tierra? Ni el aire que respiraremos en los próximos años ni la inmensa mayoría de la humanidad, que vive en el Sur, merecen la atención de la climatocracia que domina el camino a Copenhague y que tiene, como única meta, mejorar el clima... para hacer negocios. La prioridad, pues, debe ser exigir desde todos los rincones del planeta un cambio de prioridades en favor del clima y la mejora de las condiciones de subsistencia de la mayoría de la humanidad. La convocatoria global ciudadana del próximo 24 de octubre debe ser un éxito. Sólo así habrá espacio para un optimismo real en Copenhague.

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Artículo 1: Gordon Brown: cosmética nórdica para seguir friendo el planeta, por Joan Buades
23 de agosto del 2009

Del 7 al 18 de diciembre de 2009 Copenhague será sede de la próxima Cumbre de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, de la que debe salir un nuevo tratado que sustituya al de Kioto. Con esta nota, ALBA SUD inicia la serie de artículos COPENHAGUE: CUENTA ATRÁS en los que daremos seguimiento a este proceso.

COPENHAGUE 2009: CUENTA ATRÁS (1): Gordon Brown: cosmética nórdica para seguir friendo el planeta, por Joan Buades

La cita es en diciembre. En Copenhague, el mundo intentará llegar a un acuerdo para sustituir el actual Tratado de Kyoto. A diferencia de 1997, sabemos que la comunidad científica se equivocó: cada nuevo informe del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) agrava las previsiones de aumento del efecto invernadero. El riesgo de que el futuro tratado imponga reducciones drásticas obligatorias en industrias clave, especialmente en el Norte, está provocando un intenso esfuerzo de lavado de imagen por parte de sectores hasta hoy oportunamente sustraídos al esfuerzo común en favor de la estabilización del clima así como de gobiernos dóciles e insensibles a los intereses vitales de la humanidad.

Gordon Brown, el primer ministro británico, representa un ejemplo revelador. El pasado julio proponía recaudar 100 millardos de dólares antes de 2020 a través de un nuevo «mercado de emisiones», centrado en la importantísima factura climática del transporte aéreo y marítimo ignorada en Kyoto. Su destino sería mitigar los efectos del cambio climático, especialmente en el Sur. Simultáneamente, su gobierno lanzaba una «Hoja de Ruta a Copenhague» donde hacía gala de la «pequeñez» de la huella climática británica y, de paso, apostaba por un incremento sustancial de la peligrosísima energía nuclear. Naturalmente, en el Roadmap, el Reino Unido es presentado como aspirante a líder mundial en la lucha contra el cambio climático y descubre sus cartas al apostar por la creación de un vasto nuevo «mercado» financiero a partir de los «derechos» de contaminación inventados por la climocracia de Kyoto. La solución «inteligente» a un clima en ruina vendría de una eficaz cooperación en términos neoliberales entre unas industrias capaces de rentabilizar la nuclearización y de generar sumideros neocoloniales de dióxido de carbono en muchos países del Sur, lo cual, encima, podría presentarse como una nueva ola de «ayuda al desarrollo» incluso en la estela de los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas.

La ocurrencia de Brown es ilustrativa porque afecta a dos pilares de la globalización «olvidados» en Kyoto: la aviación internacional y la logística en containers por vía marítima. Sólo en su parte relacionada con el turismo, la factura oscila entre el 5 y el 14% del total de emisiones y la tendencia es a un aumento enorme cuando el consenso científico reclama una reducción mínima del 50% hacia 2050 sobre los niveles de 1990.Lo más aleccionador de la jugada de Brown es que, apenas una semana después de su «espot climático», su gobierno confirmaba que «no estaba preparado» para fijar el nivel de emisiones de la poderosa aviación británica que debe servir de base para cumplir con la Directiva Europea sobre Comercio de Emisiones. En resumen: el miedo a un Tratado de Copenhague potente, que genere derecho ambiental global y que pueda afectar a sectores hasta ahora en la impunidad (como el turismo internacional y el transporte marítimo de mercancias), está activando, a través de gobiernos nórdicos amigos, estrategias de lavado de imagen verde («greenwashing») de industrias letales para el clima común. Con una muleta se apoya en la proliferación nuclear y con la otra pretende exprimir aún más al Sur con la excusa climática. La partida se decidirá entre esta turbia cosmética a la Brown al servicio de los lobbies industriales y la sensatez de la comunidad científica y los movimentos por una justicia climática global. Por la cuenta que nos trae como una sola humanidad amenazada, conviene no olvidarlo.

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Esta cobertura es parte del proyecto “Iniciativa de comunicación sobre cambio económico, movilidad humana, turismo y gobernabilidad territorial en Centroamérica”, co-ejecutado por Fundación PRISMA y ALBA SUD (mayo 2009 – abril 2011).

Joan Buades

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