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Artículo de Opinión | Turismo Responsable | Islas Baleares

26-08-2016

Camareras de pisos, ¿una profesión de mujeres?

Las enfermedades derivadas y la medicina, hoy, como prótesis del capitalismo. Artículo de Joan López Ferré, médico de cabecera actualmente jubilado para la revista Tot Inclòs.


Crédito Fotografía: Joan López Ferré

Las camareras de piso son, sobre todo, limpiadoras de habitaciones de hoteles y apartamentos turísticos, pero no únicamente. Me topé con esta realidad por el gran número de pacientes que acudían a mi consulta de médico de cabecera por problemas derivados de la dureza de su trabajo.

El modelo de este puesto de trabajo sigue mayormente el modelo balear, sería otro aspecto de lo que Joan Mayol llamó como «balearización». Una situación que se repite en todo el Mediterráneo y Canarias y que se ha exportado al Caribe, siendo muy similar también en EEUU.

Creo que estamos ante un ejemplo más de machismo, que no es otra cosa que la expresión del patriarcado en los países occidentales. Las camareras de pisos son casi en su totalidad mujeres (¿casualidad?). Muchas son inmigrantes o pertenecientes a minorías. Su trabajo se asocia a las tareas de cuidado y limpieza que las mujeres han realizado tradicionalmente en su casa, el cual normalmente suele ser un trabajo manual, sucio, mal remunerado y prácticamente invisible. Sin embargo, son los colectivos más importantes para el normal funcionamiento de los hoteles, constituyen el 25% de la plantilla y en Baleares son unas 13.000 mujeres. Cobran unos 700 € al mes, les sale muchas veces a 2,5 € por habitación. Ocupan una categoría profesional inferior, por debajo de hombres que realizan tareas similares, como los camareros del restaurante del mismo hotel.

Problemas de salud

Las lesiones músculo-esqueléticas representan uno de los problemas de salud más importantes de las camareras de piso. Las tareas que habitualmente ejercen son la limpieza de habitaciones, baños y pasillos. Actualmente deben realizar la limpieza de unas 25-30 habitaciones por trabajadora y jornada, en turnos seguidos, que implican un continuo ejercicio de movimientos repetitivos, la manipulación de cargas y posturas forzadas que conllevan una serie de molestias y daños. Habitaciones con 3 y 4 camas (80 camas en total), más baños. Colchones de látex o viscoelástico que pesan muchísimo y que deben manejar solas, ya que no trabajan por parejas. Siempre andan en flexión de tanto estar agachadas. Deben transportar carros con la ropa y los líquidos de limpieza. Peor aún en el caso de apartamentos o bungalows donde deben ir arriba y abajo con el carro de la limpieza y con el calor que hace. En las empresas con la limpieza externalizada todavía están en peores condiciones. Casi siempre sufren enfermedades derivadas de la columna vertebral. Acaban con unas contracturas musculares crónicas y con artrosis por el desgaste prematuro de las articulaciones. Luego hay personas que padecen hernias discales lumbares. Algunas de estas hernias comprometen la médula espinal y hacen daño no sólo al lugar de la compresión sino también en las piernas (ciática). Tienen también muchos problemas con el túnel carpiano (muñecas).

Además del sufrimiento puramente físico y orgánico hay también un sufrimiento psicológico. ¿Por qué? Por el estrés. Si tienen que hacer 30 habitaciones, tienen que hacer 30 habitaciones. Si una de ellas se pone enferma, no la sustituyen y el trabajo se reparte entre las que quedan, por lo que muchas veces tienen que hacer el trabajo que tienen establecida además de la que una de ellas ha dejado pendiente porque no ha ido a trabajar. Además están clasificadas como las últimas dentro de la escala profesional de los hoteles, con un trabajo poco reconocida. Todo esto hace que vivan en un permanente estado de ansiedad que puede desembocar en depresiones crónicas. Muchas trabajan bajo amenazas, coacciones y castigos: días libres o vacaciones.

Trabajo medicalizado

Por todo ello, hacen uso y abuso de los medicamentos y de analgésicos de manera crónica. Tomar antiinflamatorios en un momento dado no implica ningún problema. Ahora bien, tomarlos durante veinte años seguidos cada mañana para poder ir a trabajar, y luego tomarse un alprazolam porque tienen ansiedad al mediodía, y por la noche algo para poder dormir, porque están estresadas, pues esto sí que es un problema. Consumir antiinflamatorios de forma crónica afecta el estómago, sube la tensión arterial, afecta también a los riñones... Y el alprazolam, por ejemplo, que es un ansiolítico, crea adicción. Y mujeres como ellas que lo toman durante meses o años, como todas las adicciones, necesitan cada vez más dosis. Para el dolor toman Ibuprofeno, Enantyum, Voltaren o Nolotil. Y cuando esto ya no es suficiente se pasa a los opiáceos débiles, derivados de la morfina, como son el tramadol o la codeína, y luego opiáceos más potentes como el Oxicontin o tarjetas, y Fentanilo (parches) que son causa de muerte por sobredosis (14.000 muertes en 2014 en los EE.UU.). Para la ansiedad empiezan tomando alprazolam, pero luego también toman antidepresivos, como la paroxetina, que es lo que toman las camareras ya veteranas que llevan años y años; pero también toman, sobre todo Fluoxetina o Escitalopram, las más jóvenes.

Para muchos médicos son enfermas crónicas, y los enfermos crónicos cansan, siempre es lo mismo, que si me duele la espalda, que si ya he tomado el ibuprofeno, que ahora quiero un inyectable de cortisona o de antiinflamatorios para poder tirar... son «las no puedo». Y es muy difícil convencer a un tribunal médico para dar una incapacidad parcial o total. O sea, lo tienen todo en contra.

Hay un malestar que sólo se puede atajar modificando la situación que lo causa y, en lugar de eso, damos pastillas que hacen vivir la situación de una forma más tolerable. Quien sufre estrés laboral lo sufre de verdad, no es que se lo invente: el trabajo hoy produce dolor y malestar. «Deme algo para aguantar esto como sea», las pastillas y el sistema sanitario son, pues, una prótesis del capitalismo, un factor necesario para la supervivencia del sistema. La responsabilidad social es el contrato social que la medicina tiene con la sociedad. En un mundo que se basa en la desigualdad, la medicina debería trabajar por la justicia social. Para ser socialmente responsable debe ser accesible a todos y que responda a las necesidades de los pacientes, de la comunidad y de la población. Exige la defensa por parte de los médicos de las poblaciones marginadas, por las condiciones sociales y laborales que contribuyen a la enfermedad y el sufrimiento, colaborando con la sociedad para crear un sistema verdaderamente justo. Los médicos son los abogados naturales de los pacientes y deben implicarse en los problemas sociales que determinan la salud de las personas.

Vamos a peor

En los años 60 los hoteleros de Mallorca iban a Andalucía y Extremadura y reclutaban gente que estaba sin trabajo y se los traían. Estas personas dormían en los sótanos de los hoteles, donde los tenían alojados en unas condiciones infrahumanas. La cosa fue mejorando a lo largo de los años hasta que con la crisis hemos vuelto atrás. Ahora se vive con la amenaza del outsourcing (externalización): los hoteleros contratan empresas externas para la limpieza donde las condiciones son aún peores y los sueldos más bajos. Se trabaja con miedo. Todo el mundo tiene miedo de que le despidan, a perder los días libres, que no las llamen el próximo año... miedo a denunciar abusos.

La patronal hotelera balear dijo en el Diario de Mallorca que «los trabajadores están recuperando poder adquisitivo». Esto no es verdad y la oferta tan barata es rentable porque se basa en la plusvalía del trabajo. Además las camareras han conocido con indignación la noticia, según la cual, hoteleros mallorquines abrieron cuentas offshore en Panamá para ahorrarse pagar los impuestos en España y que, dicen, legalizaron (¿al diez por ciento? ¿al tres por ciento? ) dinero acogiéndose a la amnistía fiscal del ministro Montoro.

 

Artículo publicado originalmente en catalán en la publicación Tot inclòs. Danys i conseqüències del turisme a les nostres illes, Mallorca, verano 2016. Traducción de Alba Sud.

 

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