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Reportaje | Turismo Responsable | Colombia

24-03-2016

El turismo comunitario como motor para el fortalecimiento de la paz en Colombia

Javier Tejera | Alba Sud

El turismo comunitario puede ser una alternativa económica, social, ambiental y también para el fortalecimiento de la paz en la región, muy castigada durante años con el conflicto armado y con el tráfico de drogas.


Crédito Fotografía: Juan Manuel Meneses Foto: Juan Camilo Saavedra.

El Centro Ecoturístico y Arqueológico ‘El Carlos’ en Necoclí (Antioquia, Colombia) es una referencia como elemento de consolidación de procesos de desarrollo sostenible y responsable, con una gestión comunitaria a través del turismo. Un modelo que se ha perfilado como un instrumento y una alternativa económica, social, ambiental y para el fortalecimiento de la paz en la región, muy castigada durante años con el conflicto armado y con el tráfico de drogas.

El complejo se ubica en el Urabá-Darién, una de las cuatro regiones piloto en Colombia que el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo (MinCIT) ha identificado como referencia, al objeto de incluir la dimensión del binomio turismo y paz en el plan de desarrollo turístico nacional vigente. Las otras regiones escogidas para este propósito son Putumayo, Meta y Santa Marta. Este proyecto surge al amparo de la actual coyuntura nacional e internacional, con la idea de identificar una hoja de ruta a seguir y unas acciones y objetivos comunes para estos cuatro territorios.

Vista del Centro Ecoturístico y Arqueológico ‘El Carlos’. Crédito: COOTUCAR. 

Más allá de la oportunidad de trabajar en mejores marcos de convivencia en estas cuatro regiones, la iniciativa supone también un impulso para el turismo rural comunitario en Colombia. Un sector que apenas comienza a tener un cierto desarrollo en torno a proyectos concretos gracias a la demanda de consumo interno, como es el caso del centro ‘El Carlos’. En palabras de Natalia Naranjo, consultora en turismo y desarrollo, representante en Colombia de la organización canadiense de cooperación CESO y del Global Sustainable Tourism Council (GSTC), “sin duda se trata de la iniciativa de este tipo con mayor recorrido y consolidación en el contexto colombiano”.

A pesar de que el país se va abriendo poco a poco al turismo, de momento la oferta y la mayoría de las infraestructuras se están generando en torno a un turismo más convencional, de sol y playa y grandes complejos hoteleros en la costa. “El Turismo Rural Comunitario está casi echando a andar y se requiere dotarle de ciertas estructuras de apoyo, sobre todo a nivel de comercialización, con operadores turísticos que crean en los proyectos y generen sinergias con las comunidades, entendiendo sus ritmos y creando espacios de confianza mutua” añade.

Alojamiento en cabañas en el Centro Ecoturístico y Arqueológico ‘El Carlos’. Crédito: COOTUCAR.

Comparte visión con Juan Camilo Saavedra, estudiante en Bogotá de Administración Turística y Hotelera en la Universidad Externado de Colombia, que ha estado sobre el terreno en la Vereda El Carlos, realizando una investigación en contacto con la comunidad. “Estos proyectos solamente funcionan si a la comunidad le nace la iniciativa. No se puede imponer una idea, toca ver la forma de realzar y canalizar iniciativas que surjan de la comunidad”, señala.

Los operadores que pretendan trabajar con este tipo de oferta deben huir de la estandarización turística y de ese afán de crear productos en serie, atendiendo a la particularidad con procesos casi artesanales y a medida. “Hablamos de entornos únicos, con culturas únicas y con dinámicas locales únicas. Hace falta sumergirse en ese mundo y entender esas dinámicas. Si se cambian costumbres o valores, imponiendo una visión externa, el fracaso está asegurado”, zanja Juan Camilo.

Un momento de la visita de Juan Camilo Saavedra (Foto: Juan Camilo Saavedra)

La comunidad en el centro de la propuesta

Esa base de gestión comunitaria es, precisamente, el motor que ha movido desde sus inicios al Centro Arqueológico y Ecoturístico ‘El Carlos’. Creado en un antiguo territorio indígena, lleva ocho años funcionando y generando ingresos para las doce familias campesinas que gestionan el complejo a través de una Cooperativa de Trabajo Asociado (COOTUCAR). Está ubicado en el municipio de Necoclí, en el departamento de Antioquia en Colombia, lugar que ha sido afectado por el narcotráfico, entre otras actividades ilícitas. Se trata de un conjunto de alojamientos en cabañas, en medio de una exuberante naturaleza, conservando sus tradiciones rurales. Se dividen en cuatro áreas de prestación de servicio, con cuatro personas a cargo en cada caso: recepción, mantenimiento, cocina y guianza. 

Los turistas que llegan hasta aquí tienen la posibilidad de socializar con la comunidad, en contacto directo con ellos, viviendo un intercambio cultural en el que ambas partes aprenden y se retroalimentan. Una experiencia enriquecedora en el que las costumbres locales son parte del valor y en donde se cuida mucho que el turismo no influya negativamente en los ritmos cotidianos de la población. Aunque el ámbito de actuación del proyecto se generó inicialmente en torno al turismo de naturaleza, el planteamiento es empezar a ofrecer propuestas de agroturismo experiencial u otras relacionadas con la construcción de la paz, el voluntariado y un encuentro más profundo con la realidad rural en Colombia. Actividades, en definitiva, que pongan en valor el día a día y otros aspectos de la población de cara a los visitantes.

Equipo de gestión del Centro Ecoturístico y Arqueológico ‘El Carlos’. Crédito: COOTUCAR. 

Juan Camilo Saavedra corrobora esta visión en base a su propia experiencia en primera persona. “Es una oportunidad única de conocer un turismo totalmente diferente al que nos venden normalmente. Una mentalidad en donde uno va a integrarse en otra realidad, a disfrutar de las diferencias”, señala. Charlas, encuentros cotidianos, participar e integrarte en su día a día, jugar con los chicos al futbol… “Es necesario educar al consumidor, ya que se requiere una empatía muy fuerte y una relación muy cercana con las personas, pero la recompensa no tiene precio”, concluye.

Una propuesta singular, en contacto con los atractivos naturales y culturales del territorio, en donde se ofrecen actividades y un servicio complementario de comida autóctona y local. Además, un Museo Arqueológico destaca por su valor cultural y sentimental, ya que exhibe más de 300 piezas pertenecientes a las civilizaciones nativas que habitaron la región. “Todo un orgullo para nosotros, es la historia de nuestros antepasados”, aclara Juan Manuel Meneses, presidente del Consejo Directivo de la Cooperativa de Trabajo Asociado que gestiona el centro. Además es el representante para la Organización Guardagolfo, de la que forma parte COOTUCAR y otras iniciativas de base comunitarias de la región, en el Comité de Turismo, Paz y Convivencia que coordina el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo (MinCIT).

Pieza del Museo Arqueológico. Crédito: COOTUCAR.

Juan es campesino, un sembrador y recolector de yuca, arroz, maíz y frutales, entre otros alimentos. Junto a esta actividad tradicional, desde los comienzos del proyecto también trabaja vinculado al ecoturismo y al turismo comunitario en el centro.  En la combinación de ambas dimensiones está la base de su vida y de su día a día. “Estoy enamorado de lo que hago y convencido de que esta es una oportunidad de salir para adelante, intentando involucrar a más gente, haciéndoles ver que este es un proyecto de vida”, señala.

Intercambiar unas palabras con él es suficiente para darte cuenta de que habla con el corazón y también con conocimiento de causa y mucha responsabilidad. El cargo que desempeña en la actualidad se elige anualmente por el Consejo Directivo, órgano con representación de todos los miembros asociados de la cooperativa. A pesar de estar involucradas muchas personas y familias, cada una con sus circunstancias, el trabajo en red y la convivencia es buena.

“Cuando surgen rencillas, hay que saberle dar la razón a quién la tiene, hay que saber perdonar para vivir en comunidad, aceptando los errores cuando suceden. Esto también es vivir en paz y, más allá de eso, en la medida en que seamos constantes, los resultados se van a ver a largo plazo”, afirma seguro.

Juan Manuel Meneses (Foto: Juan Camilo Saavedra).

Un nuevo marco de convivencia

En la década de los 80 y 90, el Urabá-Darién fue la zona roja del país y esa estigmatización no se diluye de la noche a la mañana. El trabajo de la cooperativa y la ayuda de la administración están empezando a cambiar esta imagen. “La esperanza de que el turismo va a generar ingresos y trabajo está propiciando que gente, que antes participaban en el conflicto armado y en actividades ilícitas, empiece a vislumbrar otras opciones de vida”, añade Juan Manuel. “Se puede decir que la vida en la Vereda El Carlos  ha cambiado a mejor gracias al turismo”, concluye.

No sólo por el abandono de muchas zonas de cultivos ilícitos, sino por cómo muchas familias están generando ingresos adicionales a la vez que ganan confianza en sí mismos. “Hemos dejado atrás la timidez que teníamos con el forastero, ahora nos sentimos cómodos intercambiando experiencias con el visitante”, indica entusiasmado Juan Manuel. También es una motivación en sí misma para crecer y mejorar, a partir de satisfacciones personales y colectivas.

“Poder entablar una conversación con cualquier persona es ya una satisfacción enorme, yo mismo trataba muchas veces de evadir a la gente porque me parecía que tenían un status mayor que el mío. El contacto con otras personas me ha permitido ganar confianza y romper mis esquemas”, aclara. A nivel colectivo, el mayor logro para Juan Manuel es haberse posicionado en el mercado regional como prestadores de servicios. Sin duda, una de las grandes dificultades a las que se ha tenido que enfrentar la cooperativa, sin ningún tipo de experiencia previa en este sentido, como la mayoría de iniciativas de Turismo Rural Comunitario.

Turismo y paz por el Día Mundial del Turismo

En el mes de septiembre y coincidiendo con el Día Mundial del Turismo, la Vereda El Carlos va a acoger un evento para promover el turismo y la paz, con invitados a nivel nacional e internacional. La idea es “contar con otras iniciativas de turismo comunitario y generar intercambios para aprender de las dificultades y oportunidades que ha habido”, señala Natalia Naranjo. De forma adicional, también se va a celebrar un Festival de Sabores, Sonidos y Saberes, para dar a conocer la riqueza patrimonial de la región.

Este tipo de acciones ayudan a reforzar el trabajo que viene realizando la cooperativa y facilitan el poder vislumbrar un futuro esperanzador. “Miro hacia adelante y nos veo consolidados como un ejemplo, una referencia de cómo dinamizar una actividad turística en una comunidad rural”, indica Juan Manuel Meneses. Sin duda, un futuro con una vida mejor, no sólo para ellos sino para las futuras generaciones de la Vereda El Carlos.

 

 

 

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