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Reportaje | Iniciativas para el Cambio Social | Ecuador

05-05-2014

Cajas comunitarias en Cotacachi, una apuesta por la economía popular y solidaria

Ernest Cañada | Alba Sud

Visitamos la experiencia de finanzas populares impulsado por el Comité Central de Mujeres de la Unión de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Cotacachi (UNORCAC) en Ecuador.


Crédito Fotografía: Reunión en Cotacachi. Foto de Alba Sud.

El movimiento de las cajas comunitarias en Ecuador es una de las iniciativas de economía popular y solidaria de mayor interés en estos momentos en América Latina. Se trata de una experiencia amplia y plural, impulsada desde diversas organizaciones y con múltiples expresiones.

Para muchas mujeres ecuatorianas de comunidades rurales el acceso a crédito formal a través de bancos, cooperativas de ahorro y crédito o microfinancieras era prácticamente inaccesible, tanto por sus requisitos como por las elevadas tasas de interés. Por medio de la organización comunitaria, este tipo de cajas ha permitido que muchas de ellas pudieran disponer de pequeños préstamos con los que financiar sus iniciativas productivas o resolver situaciones de emergencia, a la vez que fortalecen su autonomía, generan ahorro y capitalizan las áreas rurales. Son también una forma de reanimar el tejido social y la institucionalidad comunitaria.

La experiencia de la UNORCAC

A principios del presente año estuve en Ecuador para entre otras cosas visitar la experiencia de cajas comunitarias impulsada por la Unión de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Cotacachi(UNORCAC) [1]. Cotacachi es un cantón de la provincia de Imbabura, en la Sierra Norte del Ecuador, a algo más de cien kilómetros de Quito.

Fundada en 1977, la UNORCAC es reconocida como una de las organizaciones populares más relevantes de la zona. Actualmente agrupa a unas tres mil quinientas familias de 45 comunidades, unas dieciocho mil personas, prácticamente una tercera parte de la población del cantón. Según Rumiñahui Anrago, su presidente por dos períodos entre los años 2008 y 2013, la UNORCAC se creó para “reivindicar los derechos de los indígenas, que eran muy excluidos, muy marginados”. Y según declara su visión institucional, la UNORCAC favorece la construcción del Buen Vivir o Alli Kawsay por medio de una fuerte identidad cultural y territorial, a la vez que apuestan por “un modelo económico basado en la Pacha Mama y la reciprocidad” y el desarrollo de actividades complementarias a la agricultura.

El impulso de las cajas comunitarias fue una decisión del Comité Central de Mujeres, la estructura que agrupa a las mujeres organizadas dentro de la UNORCAC. Por este motivo me reúno con un grupo de sus dirigentes y técnicas para conocer mejor esta experiencia.

Es sábado por la tarde. Mientras nos estamos presentando y les contamos que en Alba Sud también nos dedicamos a la producción audiovisual, me explican que ellas utilizan un video que encontraron en Internet con el que motivan a las mujeres de las comunidades para que se organicen en cajas comunitarias. Y resulta que les gustó tanto que pusieron el título del reportaje, “Nosotras podemos”, en la portada de las cartillas de ahorro que tienen todas las socias de las cajas. Así descubrimos con gran alegría que el material al que se refieren es el que produjimos nosotros el año 2010 para otra organización ecuatoriana [2]. La coincidencia anima la conversación.

Una iniciativa de las mujeres

Empezamos hablando de cómo fue que las mujeres de la UNORCAC se organizaron de forma autónoma. Luz María Lanchimba, presidenta de las Cajas en el Comité Central de Mujeres, explica: “La participación de las mujeres dentro de la organización siempre estuvo, pero no se había visibilizado. Cuando un hombre es dirigente, la mujer está en la casa para que pueda salir; o las mujeres están en las marchas y en las movilizaciones, pero no asumen como dirigencia. Y también por el machismo que ha habido en nuestras comunidades. Por eso vimos la necesidad de fortalecer la participación de la mujer, pero en la toma de decisiones, no queremos estar sólo como relleno, sino en espacios que nos tomen en cuenta para decidir”.

En 1994 se creó la Comisión de la Mujer de la UNORCAC, pero esto tenía ciertos límites, según Lanchimba: “En la Comisión sólo había una o dos mujeres, a veces sin plan, sin saber qué hacer”. Por eso dos años después crearon el Comité Central de Mujeres como un espacio más amplio. Actualmente este organismo está formado por una asamblea de unas quinientas mujeres, organizadas en 31 grupos, que eligen a su directiva con responsabilidades en distintas ámbitos: violencia, producción, artesanía, agroecología, salud, cajas.

Luz María Lanchimba también nos explica por qué decidieron impulsar las cajas comunitarias en el cantón: “Las cajas nacen porque las mujeres que estamos en las comunidades y no trabajamos de forma remunerada tenemos muchas dificultades para sacar un crédito. ¿Qué es lo que nos piden? Lo primero un rol de pago, para saber de dónde vamos a pagar, y nosotras no tenemos. Este es uno de los obstáculos. El otro es que también nos piden la firma de los esposos, y si el esposo no está de acuerdo no autoriza. Entonces, al haber todos estos problemas una se dice, a ver, qué hacemos. Las cajas también han sido parte de una estrategia para que las mujeres se empoderen. Para nosotras no ha sido sólo ganar dinero, sino para que las compañeras se quiten el miedo, ganen autoestima. O sea, las cajas son una herramienta más dentro de los grupos de mujeres”. Jenny Chávez, la técnica responsable de esta iniciativa, asiente. Valora que las cajas han servido también para hacer frente a la situación de violencia que viven las mujeres en las comunidades: “Se ha visto que si las mujeres manejan los recursos económicos se desarrollan un poquito más, y así pueden enfrentar la violencia, porque el tema de la violencia física, sexual, psicológica, económica es algo que ha preocupado mucho dentro del Comité Central”.

Fortalecer capacidades

Después del impulso inicial, con el paso de los años vieron que algunas cajas tenían problemas para subsistir. Las dificultades en la gestión administrativa desmotivó a muchas mujeres y varias cajas quedaron inactivas. Por este motivo la UNORCAC gestionó fondos de la cooperación internacional a través de una ONG catalana, la Xarxa de Consum Solidari, para fortalecer el funcionamiento de las cajas así como las capacidades de sus socias. También firmaron un convenio con el Programa de Finanzas Populares, una institución del Estado que ahora se llama Corporación Nacional de Finanzas Populares y Solidarias. En conjunto, estos apoyos les permitieron disponer de algunos recursos con los que mejorar los procedimientos de gestión (como un manual, un sistema de registro o un reglamento); costear el personal técnico necesario para garantizar el acompañamiento y capacitación de las socias; y dotar de fondos iniciales a las cajas. 

Jenny Chávez, que fue contratada como técnica del Comité Central de Mujeres para dar ese nuevo impulso a las cajas, explica los pasos que fueron dando: “Al principio trabajaban sólo con una libreta que registraba ingresos, egresos y saldo. Pero el problema es que a veces alguna lo apuntaba mal y eso daba mucho trabajo después para revisarlo todo. Ahora con la hoja de Excel que se creó es mucho más sencillo. Las compañeras van registrando en los comprobantes de ingreso y egreso y luego es más fácil introducirlo una vez al mes en la computadora, sacar el informe e imprimirlo. Antes también había problemas si a alguien no se le apuntaba en la libreta y a veces había confusiones, pero luego se empezó registrar en un comprobante y el original le quedaba a la tesorera y la copia a la socia, y así ya no habían dudas. Ahora las cajas funcionan mejor al crear todo este sistema de comprobantes y libretas personales para cada socia”.

En todo este proceso de aprendizaje, para las mujeres de las comunidades ha sido clave contar con un acompañamiento técnico comprometido. Así lo subraya Patricia Morales, tesorera de la Caja Comunitaria de Turuco: “La técnica del proyecto, Jenny, viene cada seis meses a revisar los informes y se queda con nosotras hasta que todo cuadra. Ella nos ha ayudado muchísimo”.

El grado de escolarización de las socias también fue un obstáculo añadido para que las cajas pudieran funcionar correctamente. “Muchas compañeras no han terminado los estudios –dice Jenny–, y esto ha dificultado el trabajo, porque costaba avanzar”. A pesar de las dificultades, todo el mundo ha hecho un gran esfuerzo. Jenny se emociona cuando explica el caso de la Caja de Santa María del Punge: “Esa caja es de personas mayores, sólo hay una joven, y es la tesorera, pero ella tampoco pudo acabar la escuela. Pero hay que ver las ganas que pusieron. Por ejemplo, la compañera al principio no podía poner decimales, y entonces lo que hicimos fue darle clases de matemáticas, y aunque le ha costado bastante, ahora ya se desenvuelve. Por otra parte, el gobierno recientemente empezó un programa de alfabetización y algunas de ellas pudieron beneficiarse. Esto también les ha servido de motivación, para demostrarse que sí pueden”.

La expansión de las cajas en Cotacachi

Actualmente en Cotacachi hay 18 cajas comunitarias vinculadas a la UNORCAC y al Comité Central de Mujeres. Asocian a 275 miembros y 94 clientes, que son quienes reciben algún tipo de préstamo aunque no sean socios.

Karanki María Rosa Elena, presidenta de la Caja Comunitaria de Tunibamba, explica que su caja funciona desde hace tres años. Al principio eran 15 socias pero poco a poco fueron aumentando y ahora ya son 28. El capital inicial con el que empezaron a operar no pasaba de los 500 dólares que les dio la UNORCAC, pero con su propio esfuerzo lograron capitalizarse. “Cada mes ponemos un aporte de 10 dólares. Al principio poníamos 5, pero luego lo cambiamos. Y también hacemos rifas y ventas de comida”. A esto se han ido añadiendo los intereses que generan los préstamos. Las cantidades que se prestan son pequeñas, entre 50 y 300 dólares como máximo, con un interés del 2% mensual y por un período máximo de seis meses. Me interesa saber también cómo son los procedimientos para obtener un crédito: “Nos reunimos una vez al mes –continúa Karanki–. Primero se cobra y luego se hacen los préstamos. Solicitar el préstamo es algo rápido, no se tienen que presentar papeles como en los bancos, como escrituras o garantías,… Todo se hace más fácil, sobre todo cuando hay una urgencia”.

Otro ejemplo. La Caja Comunitaria de Turuco está formada por 18 socias. Las cantidades que prestan van desde los 100 hasta los 600 dólares como máximo. Patricia Morales cuenta en qué emplean las socias el dinero prestado: “Hay una señora que tiene una venta de productos y con ese crédito compra lo que vende. Hay otra que adquirió más tierra. Otras compraron animales (chanchos, vacas, cuís…), y alguna lo ha usado en sus huertos. También hay alguna señora que lo ha utilizado para los estudios de sus hijos”. Algo muy similar a lo que relata Karanki de la caja de Tunibamba: “Yo saqué un préstamo para comprar una vaca primero, y luego otro para un chancho. Hay otras señoras que han sacado también para comprar animales, hortalizas, pequeños negocios o para algún accidente”.

Por medio de las diferentes actividades productivas que realizan van devolviendo los préstamos. Patricia Morales, por ejemplo, nos dice: “Yo tengo dos vacas y con la leche que vendo voy recuperando el dinero y pago el crédito”. Todas coinciden en que ha habido muy pocos casos en el que alguien no devolviera el crédito. “No tenemos mucha morosidad –continúa Patricia–. Sólo hay uno en el grupo que nos quedó mal, pero ya va pagando. Y entre todas pusimos una multa de 2 dólares si alguien no viene a pagar cuando le toca, que se le aplica por cada mes de retraso. Y ese dinero va entrando también en los fondos del grupo”. Al parecer el conocimiento personal, las relaciones de vecindad y la capacidad de presión social de la propia comunidad actúan como garantía de pago sin necesidad de establecer otro tipo de mecanismo de control.

En algunas cajas también prestan a personas que no son socias. Patricia Morales explica que entonces el interés sube al 3%, “y una de las socias tiene que quedar de garante: se compromete a que si el cliente no paga tiene que ir a ver a esa persona y pedirle que pague, que no le haga quedar mal”.

Gracias a los intereses y las diversas actividades que organiza cada caja han podido incrementar su capital y devolver cantidad inicial que les prestó el Comité Central de Mujeres, que a su vez maneja una Caja Central desde la que va gestionando los préstamos a las cajas de las comunidades.

Una de las cosas que nos sorprenden es que cada año las socias se repartan los beneficios generados en su caja. Karanki María Rosa nos explicaque el año pasado en la Caja de Tunibamba tenían casi 3.000 dólares y que se lo repartieron todo. Jenny nos cuenta que trató infructuosamente que no lo hicieran, “porque lo que hacen es que se lo reparten todo, se quedan en 0, y al año siguiente vuelta a empezar. Con Tunibamba logré que no se repartieran los beneficios por dos años, pero luego tuvieron inconvenientes y volvieron al sistema de antes”. Pero como dice Jenny, las compañeras tienen sus razones.

Garantizar la continuidad

Una de las preocupaciones en los últimos tiempos del equipo técnico y directivo ha sido cómo garantizar el buen funcionamiento de las cajas una vez terminaran los aportes externos. Una primera medida fue que las cajas comunitarias asumieran progresivamente los costes de las formas de gestión establecidas. Así, por ejemplo, los primeros comprobantes que se entregaron a las cajas se financiaron con fondos del proyecto de fortalecimiento institucional. Los segundos ya fueron costeados por el Comité Central de Mujeres con los fondos generados en la Caja Central, y a partir de ahí cada caja comunitaria ha financiado su propio sistema de comprobantes con los beneficios que iba generando.

Desde el año 2013 también se pusieron en marcha nuevas estrategias para fortalecer a las cajas. Así, recuerda Jenny, “en las capacitaciones ya no se invitaba sólo a la tesorera, sino a toda la directiva, y se insistía en que ellas mismas tenían que capacitar a las nuevas tesoreras que fueran asumiendo”. También organizaron un concurso anual entre las cajas del cantón para motivar a las socias y crearles expectativas. “El año pasado –relata Jenny– el concurso fue para ver quién llevaban mejor los registros, y este año se mandó una guía de preguntas, con cuestiones como qué hacer para ahorrar más, cómo disminuir la mora o qué harían si el Comité Central tuviera que quitarle el fondo de crédito”.

Una de las evidencias más claras del proceso de apropiación de las mujeres de las comunidades de Cotacachi sobre este sistema de cajas es que todas ellas son distintas. Aunque mantienen principios comunes, cada una se ha ido desarrollando con sus particularidades según decidieron sus propias socias. “Tenemos un reglamento común pero cada caja tiene el suyo propio –cuenta Patricia Morales–. Lo vamos adaptando”. Por ejemplo, hay cajas que han puesto en marcha negocios colectivos con los que incrementan los fondos comunes. Es el caso de Turuco, tal como relata Patricia: “Invertimos 500 dólares con nuestros ahorros en alimento para chanchos y pusimos una venta de balanceados. Todo lo que se gana va quedando para el grupo”.

En cambio otras cajas idearon estrategias diferentes: “En Tunibamba es más fuerte el ahorro –explica Jenny–. Hasta tienen multas y es sorprendente el grado de compromiso que tienen las señoras. En Axamvuela hay una caja de niños que tienen su propia libreta. Los hijos de las socias ahorran y aunque no pueden sacar créditos su dinero sirven para prestar a la gente adulta, a la vez que ganan intereses. Esa es la particularidad que tiene esta caja, en ninguna otra hay algo así. Cada caja es diferente, y aunque con el manual, los registros y el reglamento se quiso unificar un poco, después vimos que cada caja funcionaba de un modo algo distinto”.

La reacción de los hombres

Me asalta la duda sobre cómo han reaccionado los hombres ante todo este proceso liderado por las mujeres. Al principio, me explican, fue duro. Algunos de ellos no veían bien que sus esposas fueran a las reuniones de las cajas. “Pero luego –explica Jenny–, cuando se dieron cuenta que era también una ayuda para la familia ya no lo vieron tan mal, y ahora cuando la mujer no puede ir a una reunión va su esposo, por la cuestión de las multas”.

Además algunos hombres se han incorporado como socios a las cajas. Por ejemplo, en la caja de Tunibamba hay 23 socias y 5 socios, y en la de Turuco son 16 mujeres y 2 hombres. Aunque éste es un movimiento mayoritariamente de mujeres y dirigido por mujeres, también se ha abierto a la participación de algunos hombres. Muchos de ellos están casados con socias de las cajas. “Al principio –sigue Yenny– empezaron a ir a las reuniones para ver qué hacían sus mujeres, pero luego vieron los resultados y también quisieron entrar”.

Jenny también recuerda las dudas que les entraron cuando la caja de Tunibamba planteó si podían asociar a hombres: “Diosito, ¿y ahora qué hacemos? Me pregunté. Después discutirlo en el Comité Central las compañeras aceptaron. La única condición que se les puso a los compañeros es que tenían que hacer las mismas tareas que las mujeres. Las reuniones empiezan a las 6 de la tarde y a veces se demoran hasta las 9 o las 10 de la noche, y entonces lo que hacen es turnarse y por lista les toca a todas cocinar, y entonces a ellos también. No se salvan por ser hombres. Recuerdo que los compañeros justo ingresaron y había una feria de comidas, y yo estuve tomando fotos porque ahí estaban, en la cocina, con el delantal, el gorro, y para mi era sorprendente”.

De todas formas, aún hay hombres que no ven con buenos ojos este proceso y en algunas comunidades las socias de las cajas se han encontrado con dificultades. En este sentido, Patricia recuerda que una vez tuvieron un problema con el presidente de su cabildo, que no les quería prestar la casa comunal, “porque decía que sólo estábamos contando chismes, y que ya no queríamos hacer nada en la casa”. Por ese motivo desde entonces empezaron a reunirse en su casa.

Fortalecer el tejido comunitario

Otro de los impactos de este movimiento es que ha contribuido a fortalecer el tejido comunitario. Por una parte, las socias de las cajas tienen un claro compromiso con la comunidad. Así lo expresa Luz María Lanchimba: “Los grupos de mujeres siempre estamos involucradas en las actividades comunitarias. Participamos en las fiestas y en las actividades culturales. Sacamos de los fondos que tenemos o hacemos otras actividades y lo invertimos para toda la comunidad. Si alguien está enfermo, o alguien muere en la comunidad, nosotras le vamos llevando dinero o cosas que la familia va a necesitar (papas, tomates, o lo que necesite)”.

Por otra parte, esta experiencia ha permitido reforzar los lazos entre las mujeres que participan en este esfuerzo. Patricia Morales explica que esos encuentros mensuales, cuando las mujeres van a pagar lo que les toca por los préstamos o a solicitar uno, cumplen también la función de ser un espacio de encuentro colectivo: “Lo que más me gusta es que ahí estamos reunidas un rato, riéndonos, conversando, se pasa bonito. Igual cada fin de año hacemos una comida y vienen todas las socias con sus esposos y con sus hijos. Y así pasamos, haciendo chistes, riéndonos, hay juegos,…”. Esos encuentros en ocasiones se amplían y se organizan visitas entre cajas de diferentes comunidades. Su esposo, Rumiñahui Anrago, que durante años fue el presidente de la UNORCAC, asiente: “Antes en Turuco las mujeres se reunían en el río para lavar la ropa, ahí era donde se conversaba, donde se contaban chistes, donde se decían las intimidades, las penas, y también donde se veía qué solución se le daba a los problemas. Pero ahora ya no hay ese espacio, el río ya no es importante porque el agua llega a todas las casas. Pero para las mujeres siempre ha sido importante poder reunirse. Son espacios importantes, y ahora en estas cajas han encontrado donde compartir. Y también son importantes porque es el espacio donde se pueden resolver conflictos”.

Las cajas comunitarias de Cotacachi son expresión de un movimiento social de finanzas populares mucho más amplio, plural y complejo. Sin duda merece la pena prestar más atención a la evolución de estas formas innovadoras de economía popular y solidaria. 

 

Notas:
[1] Este artículo se ha realizado en el marco de la evaluación del programa de cooperación para el fortalecimiento institucional de la UNORCAC entre los años 2010 y 2014 apoyado por la Xarxa de Consum Solidari con financiamiento del Ayuntamiento de Barcelona, a través del Programa Barcelona Solidaria. Agradezco a Montse Ayats, Natalia Riera, Joana Domínguez y Luis Grijalva todo el apoyo brindado.
[2] El reportaje Nosotras podemos. Cajas comunitarias en Ecuador es una producción de Alba Sud realizada el año 2010 por encargo de ACSUD Las Segovias del País Valencià. En ella se muestra la experiencias de algunas de las cajas comunitarias organizadas por ECUARUNARI, miembro de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), donde representa a los indígenas de la Sierra ecuatoriana.

 

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