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Entrevistas | Turismo Responsable

20-02-2011

Es necesario que la industria turística decrezca

El semanario barcelonés La Directa (núm. 215, 9 de febrero de 2011) entrevista a Ernest Cañada, coordinador de ALBA SUD, sobre los impactos del crecimiento del turismo en Centroamérica, poniendo especial interés en las dinámicas de conflictividad que se han generado.


Crédito Fotografía: Portada de La Directa núm. 215

“La industria turística ha tenido una gran capacidad para mostrar una imagen amable y beneficiosa para el conjunto de la sociedad”

Ernest Cañada es investigador, especializado en desarrollo rural, turismo y comunicación social. Desde el año 2005 reside en Nicaragua. Actualmente es coordinador de la ONG ALBA SUD y miembro del Grupo de Investigación en Sostenibilidad y Territorio de la Universidad de las Islas Baleares, donde prepara su tesis doctoral sobre conflictividad turística en el sur de México, Centroamérica y El Caribe. Entre sus últimas publicaciones, destacan: Turismo en Centroamérica, nuevo Escenario de conflictividad (Editorial Enlace, Managua, 2010),y, en conjunto con Jordi Gascón,  Turismo y Desarrollo. Herramientas para una mirada crítica (Editorial Enlace, Managua, 2006) y Viajar a todo tren. Turismo, Desarrollo y sostenibilidad (Editorial Icaria, Barcelona, 2005).

¿Qué importancia tiene el turismo en Centroamérica?

En Centroamérica el turismo se ha convertido, de manera acelerada, en un importante eje de acumulación de capital. Este protagonismo creciente forma parte, en realidad, de una transformación estructural en la economía de la región. En poco menos de 30 años, ésta ha pasado de insertarse en el mercado mundial a través de la exportación de productos agropecuarios tradicionales, especialmente café, azúcar, algodón, plátanos, carne, a hacerlo de una forma más compleja y diversificada. Ahora la entrada de divisas se debe a las remesas de los trabajadores y trabajadoras que se ven obligados a migrar al extranjero, las maquilas, los productos agropecuarios tradicionales, nuevos cultivos producidos de forma intensiva (como la piña o la palma africana) y el turismo, fundamentalmente. Estos modelo económico sigue siendo muy vulnerable y basado en una intensa explotación de la fuerza de trabajo –tanto en el extranjero como a sus mismos países– y de los recursos naturales.

¿Cuáles son las características del modelo turístico?

En Centroamérica aún coexisten diversas estructuras turísticas. Las iniciativas más tradicionales de pequeña y mediana empresa local –e incluso de organizaciones comunitarias– siguen presentes. Pero son las empresas de gran capital transnacional y de la propia región las que realmente predominan y están protagonizando esta nueva dinámica. Desde el año 2008 la crisis económica internacional ha disminuido el ritmo de crecimiento turístico que se produjo de forma acelerada entre finales de los años 90 y en 2007, pero sus tendencias de fondo continúan. Las costas de Centroamérica –especialmente en el Pacífico de Costa Rica, Nicaragua y Panamá– y algunas ciudades coloniales –como Ciudad Antigua en Guatemala o Granada en la misma Nicaragua– se ven como un lugar ideal para atraer jubilados estadounidenses y canadienses, además de los sectores con más recursos de los propios países de la región. El resultado ha sido el impulso de nuevas formas de turismo residencial, que combina grandes complejos con hoteles de cadenas internacionales y viviendas de segunda residencia, puertos deportivos, centros comerciales y otros servicios para estos sectores acomodados. Este modelo, que es el que predomina hoy en día en la industria turística, se combina con la presencia creciente de cruceros y desarrollos inmobiliarios de carácter residencial que se van extendiendo por el litoral. Hay que decir que no todo lo que había proyectado y publicitado se ha acabado construyendo y poniendo en marcha pero la especulación del suelo ha estado presente como base de muchos negocios.

¿Qué impactos ha tenido el turismo de masas en las sociedades centroamericanas?

La concentración de este desarrollo turístico-residencial en determinados territorios ha provocado importantes impactos ambientales, sociales y económicos. La turistización de estos espacios se ha basado en un proceso de acumulación por desposesión, que ha supuesto la apropiación de la tierra que estaba en manos de pequeños campesinos. El uso intensivo de agua para satisfacer las demandas turístico-residenciales ha entrado en competencia con los usos y necesidades comunitarias. Además, la presencia este nuevo tipo de actividad ha roto con la territorialidad tradicional de las comunidades rurales, al impedir el acceso a determinados caminos de paso o en las costas. De esta manera asistimos a un incipiente proceso de elitización del territorio rural costero. Esto es muy claro en lugares como Guanacaste, en Costa Rica. El espacio se transforma en función de los intereses de la acumulación de capital y satisfacción de los intereses de sectores sociales más pudientes, y no en función las necesidades de las propias poblaciones de donde se asienta este tipo de desarrollo. Si miramos destinos turísticos cercanos, como la Riviera Maya en México, o Bávaro-Punta Cana en la República Dominicana, donde este tipo de procesos está mucho más desarrollado, podemos ver hacia un apunta este modelo de urbanización.

¿Este proceso de transformación del territorio y de nuevas actividades genera puestos de trabajo para la población local?

La transformación territorial que está en curso no hubiera sido posible sin un proceso de movilización de mano de obra impresionante, aunque muy a menudo se recurre a población inmigrante. Y las condiciones de los trabajadores inmigrantes –en la mayoría de casos en condiciones de ilegalidad– se caracterizan por la precariedad, la escasa protección social y los impedimentos a su sindicación. Este es el caso, por ejemplo, de los trabajadores de la construcción nicaragüenses en Costa Rica, en zonas como Guanacaste. Encontramos un ejemplo claro en el triste episodio de la muerte por intoxicación de un obrero nicaragüense que trabajaba en la construcción del Hotel RIU Matapalo, en Costa Rica. En noviembre de 2008 más de 200 obreros cayeron enfermos debido a las condiciones insalubres del campamento donde vivían. Como respuesta, los trabajadores provocaron varios incidentes como la quema de un autobús, lo que provocó un gran escándalo que obligó al Ministerio de Salud a clausurar temporalmente la construcción. Ahora ya vuelve a funcionar como si nunca hubiera pasado nada. En realidad, el recurso a los trabajadores inmigrados en condiciones de vulnerabilidad es una constante en la construcción de los complejos hoteleros-residenciales. En República Dominica este trabajo la hacen los trabajadores haitianos y, en la Riviera Maya, los centroamericanos.

¿Para apoderarse de partes enteras de un país, las multinacionales extranjeras consiguen agenciarse deben necesitar la complicidad de la clase gobernante y de unas leyes favorables, no?

Esto es totalmente cierto. Los gobiernos centroamericanos han apostado de forma decidida por el turismo y la atracción de inversión extranjera, como mínimo, desde mediados de los años 90. En 1996, los gobiernos de la región firmaron la Declaración de Montelimar, que situaba el turismo como un eje estratégico de la economía regional ya través de la cual se comprometían a sumar esfuerzos para proyectarse como un destino turístico única. Desde entonces, además de acciones de promoción conjunta, en todos los países del área se han sucedido una serie de políticas dirigidas a atraer esta inversión, ya fuera ofreciendo incentivos fiscales de todo tipo, dando facilidades a los jubilados extranjeros, confiriendo mayor seguridad jurídica sobre la propiedad a los inversionistas, reordenando el estatus de las costas... Los beneficiarios de este proceso no han sido sólo los capitales transnacionales, sino que cada vez hay más presencia y protagonismo de grandes grupos empresariales locales que actúan ya a una escala regional y que han puesto en marcha inversiones turístico-residenciales a gran escala. La venta de bancos de capital nacional en países como El Salvador donde, entre 2005 y 2007, cuatro de ellos pasaron a manos extranjeras –Comercio, Agrícola Comercial, Cuscatlán y Salvadoreño–, o Nicaragua –donde durante el año 2010 se vendió el Banco de Centroamérica–, ayudan a entender la disponibilidad de recursos de la burguesía local para emprender grandes inversiones turísticas residenciales.

¿Qué conflictos ha generado esta transformación de los países a través del turismo?

El proceso de transformación turística ha generado diferentes reacciones y formas de conflicto. Hemos identificado cinco grandes expresiones de conflictividad. En primer lugar, destaca la resistencia de algunas comunidades rurales ante los procesos de desposesión, principalmente de la tierra y el agua, así como la ruptura de su territorialidad, desarticulada por la nueva funcionalidad turística. Otro nivel de conflictividad surge cuando la actividad turística se pone en marcha y se llevan a cabo prácticas abusivas, e incluso ilegales. Esto provoca la reacción de diferentes agentes sociales, organizaciones de vecinos, grupos ecologistas y algunas autoridades locales que tratan de poner freno a los abusos que genera la urbanización turística. La presión impuesta por la industria turística para desregular las legislaciones y las políticas nacionales en cuestiones como fiscalidad, acceso a las costas, etc. representa un tercer escenario de conflicto. El cuarto ámbito de conflicto tiene que ver con la diversidad del capital turístico, sus diferentes intereses y contradicciones internas. La expansión de las actividades turístico-residenciales protagonizada por los grandes capitales, tanto de origen transnacional como regional, ha supuesto un progresivo desplazamiento del pequeño y mediano empresario, o su subordinación a los mismos. Finalmente, la reacción ante la degradación y precarización de la vida y las condiciones laborales de la fuerza de trabajo, tanto en la construcción como en los servicios turísticos, ha abierto otro frente de conflictividad.

¿Cuáles han sido las respuestas sociales ante este crecimiento turístico y sus consecuencias?

En términos generales, los conflictos turísticos en Centroamérica han sido localizados y los han protagonizado sectores muy directamente vinculados al impacto de una determinada iniciativa, o bien se plantean en términos muy reactivos, sin capacidad para evitar la dinámica global. En algunas zonas, como Guanacaste (en Costa Rica), donde más ha avanzado el desarrollo turístico residencial, hay una fuerte experiencia de lucha y resistencia ante determinados proyectos. Pero, en general, falta una visión de conjunto de la gravedad de las transformaciones que está comportando este proceso de turistización. El mismo movimiento altermundista –tan activo frente a otros sectores, como las actividades extractivas por ejemplo– ha tenido grandes dificultades para reconocer en el turismo una fuente de amenazas. Por otra parte, la industria turística, tanto internacionalmente como en la propia región, ha tenido una gran capacidad para mostrar una imagen amable y beneficiosa para el conjunto de la sociedad. Las estrategias de Responsabilidad Social Corporativa y de cooptación de autoridades y técnicos municipales, empresarios locales, cooperativas, etc. han contribuido a reducir la capacidad de resistencia de las poblaciones locales. Realmente preocupa e inquieta que un proceso de transformación social tan profundo y lesivo con los intereses de la mayoría de la población se esté produciendo con una capacidad tan escasa de reacción y confrontación social.

¿Hay alguna posibilidad de que este proceso de transformación del territorio sea reversible? ¿Cómo se pueden reducir los impactos sociales y ambientales que se han generado?

Es realmente complicado. Sin embargo, hay experiencias de lucha y resistencia exitosas que nos animan a pensar que todavía se puede hacer algo. Encontramos un ejemplo en Sardinal, también en Guanacaste. El intento de construir un sistema de canalización de agua para atender las necesidades de la industria turística de la zona y garantizar su crecimiento, se topó con la movilización comunitaria y de organizaciones ecologistas que finalmente consiguieron que el Tribunal Constitucional de Costa Rica dictaminara en contra de la construcción propuesta. Desgraciadamente, estos casos no son mayoría en Centroamérica Centroamérica, pero sí hay muchos conflictos abiertos que se oponen al modelo de desarrollo turístico que se va imponiendo. Estas luchas, aunque se pierdan, son muy importantes. Si no hubiera ninguna forma de discrepancia, la avalancha turística todavía sería mayor.

¿Qué se puede hacer, desde nuestra casa, para contribuir a los procesos de resistencia?

Hay que tomar conciencia, en primer lugar, que el turismo es un fenómeno social que tiene unas dimensiones enormes, estar alerta ante los hechos que ocurren en esta industria, que no son cualquier cosa. Y por tanto, difundir y ayudar a las manifestaciones de resistencia social que van apareciendo. El protagonismo del capital turístico de origen balear y catalán en el ámbito internacional es muy grande y, por tanto, nos encontramos en un escenario privilegiado para informar, presionar y denunciar lo que hacen estas empresas a otros lados del planeta. Otra cosa que hay que hacer es repensar la forma de concebir el turismo y el tiempo de ocio. El modelo turístico basado en los vuelos internacionales a cualquier lugar del mundo, o por medio de cruceros, no es sostenible. La carga de gases de efecto invernadero que genera la industria turística es insoportable. Hay que decrecer. Por otra parte, el ocio de unos cuantos no puede basarse en la degradación de las condiciones sociales y ambientales de otros. Aquí hay un problema cultural de fondo. Creer que tenemos derecho a disfrutar, durante unos pocos días al año, de la sensación de poder y lujo que nos proponen las cadenas hoteleras internacionales es una trampa. Nadie tiene derecho de explotar otras personas y territorios. Ya lo decía Pasolini que, en realidad, la burguesía no era una clase social sino una enfermedad. Tenemos derecho al descanso y al ocio, pero nuestras opciones de consumo deben ser coherentes con un modelo social más equitativo y sostenible. Por lo tanto, deberíamos potenciar la proximidad y actores sociales arraigados en el territorio, iniciativas de pequeña escala. Y cuando, excepcionalmente, se programan viajes internacionales, apostar por las iniciativas de base comunitaria o en manos de pequeños y medianos empresarios con prácticas más cercanas a estas ideas.