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#TourismPostCOVID19 | Turismo Responsable

24-03-2020

Turismo, decrecimiento y la crisis del COVID-19

Robert Fletcher, Ivan Murray, Macià Blázquez, Asunción Blanco

La crisis del COVID-19 conlleva un decrecimiento forzado de la industria turística mundial. Sin embargo se necesitaría una planificación mucho más concertada para abordar los impactos sociales de esta transición.


Crédito Fotografía: Pilar Pellice | Última Hora.

Hace solo unos pocos meses, los debates sobre la llamada "saturación turística” (overtourism) abundaban en los medios de comunicación, en relación con la presencia de un número cada vez mayor de turistas en destinos populares en todo el mundo, que provocaba conflictos y quejas de los residentes, especialmente porque esta afluencia masiva de turistas les hacía inasequible el acceso a la vivienda. Ahora, en un instante, todo ha cambiado. La industria turística mundial se ha detenido y, en consecuencia, la preocupación por la saturación turística ha sido reemplazada por la preocupación, recién descubierta, por el "sub-turismo" (undertourism). Esta circunstancia, anteriormente marginal, amenazará con certeza el futuro de las economías y sociedades de todo el mundo.

La escala y las implicaciones de la desaceleración del turismo son inimaginables. Dependiendo de cómo lo definamos, el turismo puede ser considerado la mayor industria del mundo. La Organización Mundial del Turismo de las Naciones Unidas afirma, por ejemplo, que el turismo representa el 10% del PIB mundial y, por consiguiente, 1 de cada 10 empleos en todo el mundo. Lugares que dependen del turismo para la mayoría de sus ingresos, como Bali, ya sufren la devastación económica. Plataformas de alquiler turístico de viviendas, como Airbnb, han quedado paralizadas también.

El World Travel and Tourism Council pronostica que la recesión provocada por la pandemia del COVID-19 finalmente podría hacer desaparecer 50 millones de empleos turísticos en todo el mundo, con pérdidas para la industria estadounidense por un total de 24 mil millones de dólares. Los efectos colaterales de este parón turístico amplificarán sus efectos en todo el mundo, ya que el turismo está interconectado con otras industrias importantes, como el transporte aéreo, la extracción de petróleo, el alojamiento o el comercio minoristas.

Crisis y oportunidad

Sin embargo, tal y como dice la cita, toda crisis es también una oportunidad. La actual, como nos advierte Naomi Klein, puede dar la oportunidad para que las fuerzas dominantes traten de explotarla como una excusa para poner en práctica el conocido manual del capitalismo del desastre. Esta fórmula impulsa una mayor privatización y consolidación de las grandes corporaciones, del mismo modo que la desarrolló, por ejemplo, durante la reconstrucción del turismo en Asia tras el tsunami de 2004. Las prisas de las aerolíneas, las cadenas hoteleras y de restauración para capturar la mayor parte de los paquetes de rescate estatales, propuestos en los Estados Unidos y en otros lugares, ya nos dan una muestra de ese capitalismo del desastre.

Imagen de Jens-Olaf Walter, bajo licencia creative commons. 

Pero también existe la posibilidad, como también señala Klein, de garantizar que esta crisis no proporcione más acaparamiento a la élite, sino que permita que el resto de nosotros tomemos el control de nuestros espacios y sociedades. Cuando la saturación turística era nuestra principal preocupación, una de las respuestas con más apoyos fue la llamada al "decrecimiento" del turismo, como parte de una transición hacia el decrecimiento más generalizada. Ya abordamos esta discusión en una publicación de blog anterior y en un número especial del Journal of Sustainable Tourism, que se publica este mismo mes como libro.

Es importante destacar, como explica el equipo editorial de degrowth.info, que la actual recesión global no debe confundirse con el decrecimiento. El decrecimiento exige una contracción voluntaria y planificada, en lugar de la reacción fragmentaria y desordenada que la pandemia nos ha impuesto. Pero como también señala la editorial, la crisis demuestra que el decrecimiento es tan necesario como posible.

Esto es particularmente cierto con respecto a la industria turística. Incluso si la crisis del COVID-19 termina relativamente pronto, no podemos darnos el lujo de volver a los hábitos de viaje, particularmente los de la porción más acomodada de la población mundial. No sólo por el malestar social que la saturación turística provoca, sino también por el deterioro ambiental de esta industria (incluyendo el calentamiento atmosférico, la contaminación o el agotamiento de recursos), que nos arrastraban ya más allá de lo insostenible.

A pesar del alto coste que está teniendo en términos económicos y sociales, la crisis de COVID-19 ha hecho disminuir sustancialmente muchos de estos impactos y de forma muy rápida. Por lo tanto, necesitamos usar este momento para planificar de manera proactiva la reducción voluntaria del turismo, más allá de la crisis actual y como parte de un programa general de decrecimiento a nivel de toda la sociedad, para la consecución del postcapitalismo.

Lecciones desde la vanguardia

La crisis actual nos brinda algunas lecciones para secundar este esfuerzo. En primer lugar, demuestra cuán peligrosamente dependiente se ha vuelto la economía mundial de una industria turística extremadamente volátil. No es sólo en términos de la preponderancia del turismo en lugares concretos, sino también del protagonismo de la industria turística en la economía global en general. Como explica David Harvey, el actual modelo de crecimiento capitalista se basa en una intensificación y aceleración cada vez mayor, para reducir continuamente el tiempo de rotación del capital invertido. Como una industria que vende experiencias perecederas de consumo instantáneo, el turismo es un elemento central de este modelo.

El equipo de degrowth.info nos invita a “reflexionar sobre por qué nos sentimos constantemente obligados, en la sociedad contemporánea, a estar siempre en movimiento, ya sea de una actividad a la siguiente o de un continente a otro, para hacer vacaciones de sólo cinco días". La mera reducción de nuestros viajes individuales tendría serias implicaciones para el futuro económico mundial, y muy en particular para los innumerables destinos que ahora dependen irremediablemente de los ingresos turísticos. Estas cuestiones también deberían abordarse a un nivel mucho más estructural.

Vancouver. Imagen de GoToVan bajo licencia creative commons.

En segundo lugar, la crisis demuestra que las sociedades pueden controlar directamente la cantidad de turismo que reciben, cuando así deciden hacerlo. En el debate sobre la saturación turística, los gobiernos a menudo afirmaron que la solución al problema no estaba en sus manos, ya que no podían evitar que la gente viajara. Las restricciones generalizadas a la movilidad que estamos viviendo ahora demuestran que esto no es cierto.

No sugerimos que en el futuro debamos seguir con tal imposición de la libertad de movimiento. Pero sí se demuestra lo que es posible –y políticamente aceptable–, cuando esa movilidad debe ajustarse a demandas que amenazan nuestra vida, tales como el COVID-19. La necesidad de un planeta habitable marca, con certeza, otra "razón" para repensar qué volumen de movilidad es sostenible.

Hacia el decrecimiento turístico

En tercer lugar, y lo más importante, las respuestas actuales a la desaceleración económica apuntan al tipo de iniciativas que pueden y deben guiar a la industria turística hacia una transición de decrecimiento suave. Individualmente, por supuesto, todos debemos repensar nuestras prioridades para hacer menos viajes, más lentos y más significativos. Pero estas opciones deben ir acompañadas de un cambio institucional, que marque un cambio de rumbo en la industria del turismo a nivel macro y estructural. Dicha acción debe incluir las siguientes medidas, entre otras:

  • Restricciones directas sobre la cantidad de transporte de masas, y especialmente en avión, hacia determinados destinos. El uso de jets privados y superyates debe prohibirse por completo.
  • Asignación equitativa de plazas en el transporte de masas. Si las plazas se venden, simplemente, al mejor postor, por supuesto, solo los ricos podrán viajar. En cambio, proponemos que la posibilidad de viajar sea distribuida, y los costos prorrateados, para asegurar oportunidades de viajar a todo el espectro social.
  • Fuertes desincentivos para los viajes no esenciales y de muy corta duración. Esto se puede lograr mediante el establecimiento de impuestos graduales a los que viajen, en función de los motivos del viaje y la duración de su estancia; de modo que los viajes más cortos y más frívolos se graven más (como ya ocurre en Venecia, por ejemplo).
  • Inversión pública en tecnologías e infraestructura de comunicación, para que se puedan hacer más interacciones de manera efectiva en línea, en lugar de cara a cara.
  • Establecer un impuesto a las emisiones de carbono para el transporte (tanto en masa como individual). Graduado acorde a la naturaleza y al plazo de los desplazamientos.
  • Mantenimiento de los subsidios que se ofrecen a la industria turística, en los paquetes de rescate actuales, más allá de la crisis. Pero estos subsidios deben concentrarse desproporcionadamente en las empresas medianas y pequeñas, en lugar de financiar a los grandes conglomerados que exigen la parte del león a partir de su desigual poder de presión.
  • Y estos subsidios deberían, como mínimo, implicar requisitos de inversión en prácticas más sostenibles (sociales y ambientales), como ya se ha propuesto. Aún mejor, los subsidios podrían financiar proyectos de desturistificación, especialmente en espacios sobresaturados.
  • Dichos subsidios deben financiarse a partir de una combinación de nuevas tasas a los visitantes, impuestos a las emisiones de carbono y la reorientación de los ingresos estatales actuales (por ejemplo, del gasto militar).
  • Desarrollo de proyectos comunitarios y/o estatales para organizar vacaciones y tiempo libre no impulsados por el beneficio, sino por el intercambio de experiencias socialmente beneficiosas.
  • En un escenario de decrecimiento, muchas empresas actuales tendrán que echar el cierre. Para minimizar la pérdida de empleo, los trabajos restantes deben compartirse como parte de una reducción general en las horas de trabajo (junto con un aumento del salario por hora). Esta situación también precisará el subsidio estatal, al igual que la recapacitación para los trabajadores obligados a conmutar a otros sectores de actividad.
  • Esto debería combinarse con el desarrollo de empresas alternativas y diversificadas, para que las economías, en general, sean menos dependientes del turismo. Este esfuerzo también debe apuntar a reubicar la actividad económica para que los destinos sean menos vulnerables a las vicisitudes de los mercados globales en general.
  • Idealmente, todo esto se respaldaría con la introducción de una renta básica universal, como han propuesto algunos defensores del decrecimiento, de modo que nadie dependa totalmente del turismo para su subsistencia
  • Finalmente, la ayuda internacional al desarrollo debe usarse para favorecer la implementación de estas diversas medidas en las sociedades con menos ingresos.

Estas medidas son únicamente la punta del iceberg de todo lo que se necesitará para garantizar que la recuperación de la crisis de COVID-19 nos lleve a un mundo más equitativo y sostenible. Pero serían un buen primer paso en esa dirección.

 

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