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Reportaje | Turismo Responsable | Argentina

29-12-2019

Fiestas populares en el resurgir de ex pueblos ferroviarios. Villa Iris, Argentina

Érica Schenkel | Alba Sud

Las fiestas populares aparecen en muchas localidades del interior de Argentina como una alternativa para contrarrestar la crisis de muchos pueblos del interior. Además están contribuyendo a una revalorización de los espacios rurales.


Crédito Fotografía: Municipalidad de Puan, Fiesta del Churro.

La privatización del ferrocarril en la década del 90, no hizo otra cosa que acelerar el desmantelamiento del sistema férreo argentino. Esto afectó gravemente a muchos pequeños pueblos del interior, que habían nacido a la vera de un ramal, como nodos intermedios del tren de carga y pasajeros. La Estación de Villa Iris, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, fue parte de las estaciones cerradas por el gobierno de Carlos Menem. El cierre del ramal dio inicio a un progresivo despoblamiento del área, que fue agravado desde los años 2000, a causa de una sequía que golpeó la base productiva de la localidad, arraigada en la actividad agrícola y ganadera.

En este marco, un grupo de residentes y ex residentes, acompañados por la Dirección de Turismo local, comienzan a implementar una serie de festividades como una forma de contrarrestarsus pesares económicos y sociales, y así reivindicar al pueblo como ámbito de vida y de pertenencia. Expresiones sociales y tradiciones populares de especificidades diversas, en donde las creencias, los valores, los sabores, la memoria y la historia local salen a relucir con ritmo festivo. Estos procesos revalorización de la ruralidad que se replican en diferentes localidades del interior resisten aquellos postulados que avizoraban el fin de los pueblos y el pensamiento de la ciudad como el único espacio posible para desarrollarnos humana y colectivamente.

Pueblos ferroviarios: entre la crisis y la nueva ruralidad

Los (ex) pueblos ferroviarios constituyen testimonio activo del impacto que tuvieron las políticas de Reforma del Estado en Argentina. A la mecanización del quehacer rural y la expansión del agro-negocio, se sumó en los ´90 la privatización del ferrocarril, para darle la estocada final a un medio de trasporte y un modo de vida que venían en caída libre. El desguace del sistema ferroviario fue determinante para muchas pequeñas localidades del interior que tenían en el tren su gran eje vertebrador.

Junto a la expansión del ferrocarril habían nacido centenares de poblados fundados aproximadamente hace cien años como soporte al tren de carga y pasajeros. El entramado social de estos pueblos se distinguía por su impronta ferroviaria, integrada por un heterogéneo grupo de maquinistas, guardas, movedores y llamadores, cuidadores, encargados de depósito y mantenimiento, administrativos y personal de limpieza. Este diverso colectivo de ferroviarios, que disfrutaba de condiciones de empleo muy favorables para la época, supo ocupar un lugar protagónico en la agitada vida social de estas localidades y en su hacer institucional, para colaborar activamente con la fundación de clubes barriales, cines, escuelas, sindicatos y bibliotecas (Damin y Aldao, 2015).

Dichos ramales, que se habían expandido desde vísperas de 1900, fueron cerrando progresivamente hasta quedar reducidos a pequeños nodos mayormente urbanos e interurbanos en la zona metropolitana de Buenos Aires. Cumpliendo la amenaza Presidencial “ramal que para, ramal que cierra”,el menemismo recibió un sistema férreo con 100 mil empleados y 35 mil kilómetros de vías (el trazado ferroviario más largo de América Latina y sexto en el mundo), para reducirlo a16.000 empleados y 7 mil kilómetros de vías. Los despidos alcanzaron al 60% del personal formalizado, convirtiéndose en la empresa estatal que expulsó la mayor cantidad de empleados con la privatización (Bergesio y  Golovanevsk, 2009).

Fuente: Caras y Caretas TV. Fragmento del documental “Ferrocarriles Argentinos”( Minutos 4:38 a 7:36).

El desmantelamiento afectó principalmente a los tramos internos que llegaban a los pueblos más pequeños, para dejar a estas localidades incomunicadas, con pérdida de empleo, coartándoles su capacidad de crecimiento y desarrollo. Muchos de sus habitantes debieron partir, principalmente los sectores jóvenes y adultos (la población económicamente activa), para radicarse en centros urbanos próximos, más beneficiados en relación a fuentes de trabajo, niveles de ingreso y posibilidades educativas (Velázquez y Manzano, 2015).

El aumento intercensal de habitantes argentinos para el período 1991-2010 (por encima del 20%), contrasta con la evolución de la población rural que disminuye en forma continua: hasta el 2001, con una tasa de decrecimiento de -8% y desde entonces, del -6% (INDEC, 1990, 2001, 2010). Este despoblamiento afectó gravemente a aquellos pueblos que habían quedado cesanteados como nodos del ferrocarril, para reflejar una caída generalizada en su población y en centenares de casos, llegar a desaparecer.

Las localidades que lograron sobrevivir al cierre de su estación quedaron reducidas a pequeños parajes o centros residenciales, mayormente de niños y ancianos y en menor medida, jóvenes y adultos, que resistieron a pesar de todo. A la caída del empleo, el despoblamiento adiciona una pérdida progresiva de servicios, que hace cada vez más difícil el desarrollo de la vida cotidiana: la baja en la matricula origina en muchos casos el cierre de la escuela secundaria, e incluso la primaria; la falta de pasajeros deriva en una interrupción de los servicios de trasporte, quedando gran parte de estos pueblos incomunicados; mientras que muchos hospitales son reducidos a salas de primeros auxilios, para brindar exclusivamente atención médica básica, menos especializada y más esporádica (Benítez, 2005).

En este marco, ante el hecho consumado del cierre de su estación, muchos pueblos comenzaron a impulsar una reconversión de sus actividades tradicionales que intenta sobreponerse al despoblamiento (Castro y Arzeno, 2018). Es común llegar hoy en día a pequeñas localidades del interior y ver sus antiguas estaciones, refuncionalizadas en bibliotecas, museos, oficinas de turismo o emprendimientos gastronómicos, como una forma de revalorizar su acervo rural y otorgarle un nuevo uso. Mediante dichos procesos los  pobladores deciden reivindicar al pueblo como ámbito de vida y de pertenencia y el deseo de participar activamente en una comunidad con la que se sienten identificados;  incluso estos proyectos suelen ser acompañados por ex residentes que regresan a su lugar de origen con la intención de cambiar su forma de vida, o mejor dicho reencontrarse con ella.

Villa Iris. Imagen de Érica Schenkel.

Esta dinámica intrínseca al campo viene acompañada también de una nueva mirada externa. Una mirada que surge de los habitantes de las propias urbes que se replantean la vida en la gran ciudad y su ajetreada cotidianidad. Así el campo es resignificado como un espacio de mayor sociabilidad, más seguro y amigable con el medio ambiente, sea para elegir un nuevo sitio residencia o un lugar temporal para escapar, aunque sea por un tiempo, de la estresante vida urbana. Entre estos usos temporales aparecen las prácticas recreativo-turísticas, bajo modalidades como el turismo rural y el agroturismo, que revalorizan su paisaje agropecuario, la arquitectura tradicional, la gastronomía típica, la música y danza folclórica y las actividades vinculadas al quehacer rural, que promueven un mayor contacto con la naturaleza (Pinassi, 2019).

Bajo ambos procesos de (re) valorización de la ruralidad, el intrínseco que surge de sus pobladores y el extrínseco que deviene de la propia urbe, es que asistimos a una proliferación de las fiestas populares en pequeñas localidades del interior. Expresiones sociales y tradiciones populares en donde las creencias, los valores, los sabores, la memoria y la historia local salen a relucir con ritmo festivo. Dichos eventos se posicionan como una alternativa realizable para estas pequeñas comunidades: conuna baja inversión permiten poner en valor su acervo rural e intentar contrarrestar, aunque sea parcialmente, los pesares económicos y sociales que deben afrontar en lo cotidiano. En ellos depositan la esperanza de poder oxigenar a las instituciones locales con ingresos adicionales, revitalizar los lazos de sociabilidad con una mayor cooperación e integración; e incluso, fortalecer su propia identidad, con la puesta en valor de manifestaciones de su memoria, costumbres y tradiciones, valores fundamentales para reafirmarse como un pueblo que decide resistir a pesar de todo.

Tales procesos que acontecen a escala local cuestionan los postulados que avizoraban el fin de las pequeñas localidades y el pensamiento de la ciudad como el único espacio posible para desarrollarnos humana y colectivamente. Esos postulados, donde la ciudad se enaltecía como símbolo de progreso material y espiritual y el campo aparecía asociado a valoraciones negativas de atraso, pobreza y privación, aparecen relativizados en este nuevo contexto (Castro y Arzeno, 2018).

Villa iris, pueblo rural y ferroviario

Villa Iris representa un típico pueblo del interior bonaerense que nació bajo el cobijo del ferrocarril. Ubicado en el sudoeste de la provincia, próximo pero a la vez muy distante al corazón agrícola argentino, sus magras precipitaciones evidencian un escenario singular, que lo asemeja más a la pampa seca.

Su fecha de fundación coincide con la llegada del primen tren, el 27 de mayo de 1900. El asentamiento de los primeros colonos tomó como base la estación de trenes, a partir de la cual se comenzó a gestar una pequeña comunidad, que al poco tiempo supo convertirse en “referente” de una amplia zona de influencia -como supo definirlo René Favaloro en su libro “Recuerdos de un Médico Rural”-.  El cierre del ramal ferroviario en los ´90 consolidó el declive del poblado, que se vio agravado desde los 2000, a causa de una sequía que golpeó la base productiva de la localidad arraigada en la actividad agrícola ganadera (Ballari, Botana y Scarpati, 2009).

Villa Iris. Imagen de Érica Schenkel.

La crisis hídrica no hizo otra que profundizar el “síndrome del semiárido” que aqueja a Villa Iris, como a los demás pueblos del sudoeste, para evidenciar: escasos recursos, ante la reducida aptitud agrícola de sus suelos y la falta de opciones productivas en relación con otras regiones no tan distantes en el territorio; alta incertidumbre, por la variabilidad que presenta en el nivel de precipitaciones; población dispersa, dado al despoblamiento que originan las escasas oportunidades laborales; y poca influencia, que pone de manifiesto la dificultad de estas pequeñas localidades para hacerse escuchar (Krüger, 2012).

Ante la sequía que se extendió hasta el 2010, los productores en su mayoría optaron por dejar de sembrar para no seguir acumulando gastos y vender el ganado que logró sobrevivir. Muchas familias abandonaron el campo para radicarse en el pueblo o en centros urbanos próximos. La “falta de trabajo” constituyó el principal pesar entre estos pobladores, siendo determinante en la decisión de migrar (Proyecto de Extensión UNS, 2013). Los 2048 habitantes que registraba Villa Iris en el censo de 1991, descienden a 1950 en el 2001, para caer a 1858 en el último censo del 2010. Estas partidas vinieron acompañadas de la clausura de comercios de ramos generales que durante décadas proveyeron de insumos básicos a una amplia zona de influencia y a una paulatina interrupción de servicios.

La apuesta por las  fiestas populares en tiempo de crisis

En este marco, la localidad comienza a pensar en el impulso de eventos programados como una forma de contrarrestar los pesares económicos y sociales por los que atravesaba. Los pobladores avizoraban en el impulso de estas festividades no solo una oportunidad para obtener ingresos adicionales sino también una posibilidad de constituir una opción recreativa para la propia comunidad, que carecía de posibilidades de esparcimiento en la localidad, y alcanzar una mayor sociabilización entre los pobladores, que se mostraban bastante desarticulados.  Así, a la Fiesta del Centro Tradicionalista el Jagüel, que se implementaba desde el año 2007, se le suman en el año 2012: la Fiesta del Churro, llevada a cabo a partir de una gestión compartida entre la Municipalidad de Puán y las instituciones locales; y el Maratón “2 Leguas”, organizado por un grupo de residentes y ex residentes, siendo hoy día el principal evento deportivo del distrito.

Fuente: Amanecer 2019 “Fiesta del Asador y la Tradición”.

El Jagüel constituye una organización local sin fines de lucro que desde hace décadas busca mantener vivas las costumbres gauchescas del sudoeste bonaerense.Entre las diversas actividades que despliega, se destaca la “Fiesta del Asador y la Tradición”, que desde el 2012 adquiere rango provincial. En un fin de semana del mes de marzo ofrece diversas actividades asociadas a las prácticas y costumbres del hacer rural de la región, para incluir las tradicionales destrezas criollas, cantos folklóricos y espectáculos, el asado y el desfile tradicional y bailes populares. La continuidad de este evento por más de una década lo ha posicionado entre los principales en su tipo, para congregar cada año centenares de asistentes provenientes en su mayoría de localidades próximas.

Por su parte, la Fiesta del Churro surge por iniciativa de la Dirección de Turismo, que buscaba servir de apoyo económico y social ante la crisis que atravesaba la comunidad. En una reunión inicial, la Dirección convocó a las 24 instituciones locales de Villa Iris (hospital, clubes deportivos, iglesias, entes educativos y otros del ámbito de la cultura), con el objetivo de emprender una gestión compartida, que fue consolidándose año a año a medida que los pobladores fueron advirtiendo la importancia que adquiría el evento. Esto quedó institucionalizado en el año 2018, cuando se logró formalizar una comisión integrada por diferentes organizaciones locales, que desde entonces dirigen el evento junto al municipio local.

La Fiesta se implementa un día domingo del mes de enero, debido a que coincide con el receso escolar y es cuando los jóvenes que estudian fuera de la localidad, regresan para disfrutar de sus vacaciones junto a familiares y amigos. Entre sus actividades se destacan espectáculos musicales, paseos de artesanos y el patio de comidas. Éste último queda a cargo de diferentes instituciones de la localidad, que luego se distribuyen los ingresos generados y así logran solventar parte de sus gastos a lo largo del año. Con ocho ediciones, el evento ha mostrado un crecimiento constante, para alcanzar los 5.000 asistentes en el 2019 (Municipio de Puán, 2018). La 9na edición se realizará en unas pocas semanas, el próximo 25 de enero del 2020.

Fuente: “2 Leguas” 2019 Amanecer.

Finalmente, el maratón “Las 2 leguas” surge por un grupo de residentes y ex residentes que dado el declive que mostraba Villa Iris visibilizaron en el impulso de este evento deportivo una manera de introducir ingresos a la localidad y así beneficiar a alguna de sus instituciones. Bajo dicho propósito, las ganancias generadas en un principio fueron destinadas al “Taller Protegido Incahuen”, un centro de contención y de inserción laboral de personas con discapacidad, y en las últimas ediciones, al “Jardín de Infantes N° 902”, la única institución de este nivel de enseñanza con la que cuenta la localidad.

El maratón constituye una carrera de tipo pedestre que se inicia en el centro del poblado y continua el recorrido a campo traviesa a lo largo del paisaje rural. Una vez finalizado el maratón, se ofrece un asado tradicional en el Salón Cultural Municipal que elabora “El Jagüel”. Allí mismo, se realizan las premiaciones y se venden productos locales. A pesar de haber tenido una caída en las últimas ediciones, la cantidad de inscriptos se mantiene en torno a los 500 deportistas que llegan a la localidad junto a familiares y amigos provenientesde centros urbanos próximos, principalmente Bahía Blanca.

Fuente: Ideada Drones “Villa Iris 2 Leguas 2014”

El desarrollo conjunto de estos acontecimientos refleja que es posible apostar a una revalorización de los pueblos rurales como espacios recreativos; para entremezclar los elementos propios de las celebraciones, con el paisaje rural y las costumbres locales, cristalizadas en exposiciones, bailes, gastronomía y artesanías. Estas valorizaciones, más allá de de significar una alternativa económica para muchas de sus instituciones, también se convierten en una oportunidad para fortalecer los vínculos entre pares, que se encuentran ante al desafío de emprender una tarea integrada y colectiva; y un claro posicionamiento político, que reivindica al pueblo como ámbito de vida y de pertenencia.

 

Referencias bibliográficas:
Ballari, A., Botana, M. y Scarpati, O. (2009). Distribución de las sequías e identificación de áreas de riesgo (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Huellas, 13, 131-146. 
Benítez, M. (2005). Revertir el despoblamiento de pequeños pueblos argentinos, fortaleciendo la identidad cultural y geográfica. En V Conferencia Regional de América Latina y del Caribe de ISTR. Lima, Perú.
Bergesio, L. y  Golovanevsk, L. (2009).  Desmantelamiento ferroviario y condiciones de vida. El caso de la quebrada de Humahuaca (Jujuy, Argentina). En IX Congreso Nacional de Estudios del Trabajo
Castro, Hortensia y Arzeno, Mariana. (2018). Lo rural en redefinición. Aproximaciones y estrategias desde la geografía. Buenos Aires: Biblos.
Damin, N. y Aldao, J. (Compiladores). (2015). Sociología, historia y memoria de los pueblos ferroviarios. La Plata, Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires.
Krüger, H. (2012). Sistemas productivos sustentables en el sudoeste: ¿una utopía? Desafío 21. INTA Bordenave.
Pinassi, A. (2019). La inmaterialidad social en la configuración de lugares patrimoniales. Análisis de un pueblo rural bonaerense en “tiempo de trenes”. Seminario Internacional de Patrimonio, Desarrollo y Turismo Cultural, Universidad Católica de Salta. ICOMOS Argentina.
Este artículo se publica en el marco del proyecto «Fortalecer el criterio de inclusividad en el turismo responsable: una respuesta a los retos de la Educación para la Justicia Global», ejecutado por Alba Sud con el apoyo del Ayuntamiento de Barcelona a través del Programa de Educación para la Justicia Global (convocatoria 2018).

 

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