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Artículo de Opinión | Trabajo decente | Europa

10-11-2019

«Merci Patron!» y la lucha por el trabajo decente

Ernest Cañada | Alba Sud

La película de François Ruffin, presentada en la sesión inaugural del 16º Ciclo de Cine y Derechos Humanos en Lleida el pasado 5 de noviembre, brinda una excelente oportunidad para reivindicar el trabajo como eje central del debate social.

Esta semana tuve la oportunidad de participar en la sesión inaugural del 16º Ciclo de Cine y Derechos Humanos que organiza la Universitat de Lleida con la colaboración de la Coordinadora d’ONGD i altres Moviments Solidaris de Lleida, el sindicato Comisiones Obreras y Amnistía Internacional, además de la participación de otras muchas entidades. En esta ocasión se presentaba «Merci Patron!», una película de François Ruffin de 2016, premio César al Mejor Documental, en una sesión coordinada por el sindicato CGT de les Terres de Lleida y centrada en la lucha sindical por un trabajo decente ante los procesos de precarización cada vez más extendidos.

La película y sus protagonistas

Si no la habéis visto mejor dejad de leer este artículo, en el que haré spoilers, y la buscáis en alguna plataforma, como Filmin. La película se construye a partir de la historia de Jocelyne y Serge Klur, obreros en una fábrica textil ubicada en Poix-de Norte, casi frontera con Bélgica. En ella hacían ropa para la empresa Kenzo, del grupo LVMH, propiedad de Bernard Arnault. Cuando la fábrica cerró, y su producción fue deslocalizada a Polonia, los Klur quedaron en paro. Sus problemas se agravan cuando están a punto de desahuciarles de su casa por no poder hacer frente a una multa por un accidente de coche. El film, con un estilo de parodia que recuerda en algunos momentos a los del documentalista norteamericano Michael Moore, sigue los esfuerzos del periodista François Ruffin para obligar a Arnault a que pague a los Klurs por haber arruinado sus vidas. Así, el documental gira en torno a cuatro grandes grupos de personajes: la familia Klur, Bernard Arnault y los diversos directivos del grupo LVMH, François Ruffin y el resto de periodistas y activistas de la revista satírica Fakir y, finalmente, Marie Hèléne, sindicalista de la CGT francesa.

No es casualidad que François Ruffin eligiera a Bernard Arnault y el grupo empresarial de productos de lujo LVMH como centro de atención. Arnault es el hombre más rico de Francia y de la Unión Europea, y según la revista Forbes el año 2019 ocupa el tercer lugar en el ranking mundial de fortunas con un patrimonio personal de más de 100.000 millones de dólares. En 1987 Arnault compró acciones a LVMH, el principal conglomerado de empresas de artículos de lujo en el mundo, que incluye marcas como Christian Dior, Marc Jacobs y Louis Vuitton, y en 1988 se convirtió en uno de sus principales inversores, hasta que en 1989 pasó a ser su accionista mayoritario. Desde que tomó las riendas de LVMH hizo una apuesta por desprenderse de todas aquellas actividades que no se orientaran hacia los productos de lujo y concentrarse en este segmento de mercado. Recientemente, a principios de noviembre de 2019, LVMH hizo una oferta de compra de la empresa de joyas Tiffany, en una estrategia por seguir concentrando la oferta de lujo global. A par deslocalizó la producción de aquellas tareas en las que fuera posible reducir sustancialmente los costes laborales. El resultado global de esta estrategia empresarial fue una oleada de despidos que acabó con los empleos de miles de personas en toda Francia y el empobrecimiento de bastiones industriales de antaño.

Ruffin es, sin duda, un personaje singular en el panorama de la izquierda europea, al que muchos conocimos por esta película, y que desde entonces le seguimos los pasos con especial interés. Fundador y redactor jefe de la revista satírica Fakir, jugó también un papel destacado en el movimiento Nuit debout (algo así como “Noche en pie”), un movimiento con resonancias a la experiencia de los indignados en España, que en 2016 ocuparon la Plaza de la República a Francia, en protesta por la reforma de la Ley del Trabajo del gobierno del entonces primer ministro Manuel Valls. Aunque, Ruffin, en una nueva expresión de su interés por movilizar a las clases trabajadoras, señaló también las debilidades de esta experiencia: «vi rápidamente cuáles eran sus límites en términos de implantación popular. Nunca hubo Nuit Debout en localidades obreras como Flixecourt y el movimiento estuvo demasiado aislado en la Plaza de la República en París» (La Marea, 06/11/2017). Poco tiempo después inició su siguiente aventura, con la que intentaba una nueva estrategia para dar voz a las demandas obreras, en una suerte de populismo de izquierdas que reivindica activamente. En 2017 fue elegido como representante a la Asamblea Nacional por la circunscripción de Somme a través del partido regional Picardía Debout, que se presentó con el apoyo de Francia Insumisa, Europa Ecología - Los Verdes y el Partido Comunista Francés. Una vez elegido, se incorporó al grupo parlamentario de la Francia Insumisa, partido al que está asociado.

Las aristas del debate: salir de la derrota

La película, como quedó de manifiesto durante su presentación en Lleida, suscita múltiples temas de debate en torno a cómo hacer frente a la derrota que viven las clases trabajadoras. Destaca el hecho que en, un contexto condicionado por la globalización y las políticas neoliberales, las estrategias empresariales, como la deslocalización de parte de su producción a territorios con costos laborales más baratos, ha tenido un impacto brutal en las comunidades trabajadoras. Esto se ha traducido en empobrecimiento, inseguridad y graves efectos en su salud. A través de los Klur y otras de las personas despedidas de las empresas de LVMH que aparecen en el film, se muestran algunos de los rasgos en los que se expresa esta derrota de las clases trabajadoras y sus esfuerzos por sobrevivir.

Pero la película de Ruffin, más que centrarse en estos destrozos, fija su atención sobre todo en cómo salir de la derrota. Juntando las distintas piezas de su intervención en el documental podemos entrever algunas de sus propuestas políticas. En primer lugar, con su película, Ruffin señala una de las máximas de lo que a su entender debiera ser una estrategia política de izquierdas a la altura de los desafíos presentes: identificar y hacer visibles a los responsables de los males que padecen las clases trabajadoras. En una entrevista de 2017 al diario español La Marea, afirmaba de forma elocuente: «las élites económicas no son visibles. Ha habido unos 800 reportajes sobre el cierre de la fábrica de secadoras de Whirlpool en Amiens y en ninguno de ellos se ha hablado de Jeff Fettig, propietario de Whirlpool. Tampoco ninguno de ellos cita el fondo Vanguard Group, que es el máximo accionista de Whirlpool y Monsanto». En segundo lugar, entender que se les pueden afear las consecuencias de sus acciones y cuestionar su moralidad porque aún se puede incidir en el terreno público de la reputación, y que aquí hay un espacio para la lucha social. En tercer lugar, la necesidad de poner en marcha nuevas formas de acción social y resistencia y que para ello se requiere construir alianzas que vayan más allá de las formas clásicas, pero que también las integren. En el caso de “Merci Patron!” el grupo de periodistas y activistas de la revista Fakir, capitaneados por Ruffin, asumen un importante protagonismo, pero lo hacen al lado de sindicalistas de la CGT, de tradición comunista. No entran a competir, si no que ambos grupos se entienden como complementarios. Y, de forma significativa, Ruffin dedica la película a todas las Marie Hèléne, a todas las sindicalistas que por años han estado en pie en defensa de los derechos laborales. Toda una declaración de intenciones que yo me traduzco así: que aquí no sobra nadie y que la complejidad de los destrozos provocados por el capital en el mundo del trabajo requiere de alianzas entre colectivos y sectores diversos, y que el protagonismo en cada caso sea para quien se lo gane, pero dejémonos ya de competencias absurdas y de señalar siempre primero en lo que nos diferenciamos y centrémonos en lo que importa. En cuarto lugar, la película refleja también el dilema ético que aparece en cualquier proceso de lucha social en la que intervienen sectores que acompañan a un determinado colectivo, pero que no son quienes sufren en primera persona el problema, sobre los límites de su acción y sus formas de intervención. Hasta dónde llegar, qué implicaciones tienen determinadas decisiones, quién debe tener la última palabra. Ruffin y el grupo de Fakir se lo plantean a lo largo de la película y en un determinado momento tienen que hacerlo explícito y asumir que deben retirarse si es necesario. Y esa es una discusión que no se puede ocultar ni menospreciar, y mucho menos sustituir a quienes sufren en carne propia lo que se quiere combatir en nombre de unos u otros principios ideológicos, algo más común de lo que debería.

Durante el debate tras la proyección de la película en Lleida una de las personas asistentes señaló, con razón, los límites de las demandas de los Klur: conseguir un contrato fijo. Poca épica para tanta película. Y así es, a pesar de todo el montaje organizado por Ruffin y los suyos, lo que quieren los Klur es algo esencial: no perder su casa y tener un empleo fijo, aunque sea como reponedor en un supermercado de Carrefour. Seguridad. Demandas materiales básicas. Y así es, la película no deja de tener el trasfondo amargo de este baño de realidad. En tiempos de crecimiento de la extrema derecha, no deja de ser necesario recordar que hay que partir de aquí, de los mínimos fundamentales, antes que de grandes construcciones ideológicas. Frente a una extrema derecha, que dice escuchar el malestar social de las clases trabajadoras derrotadas por las estrategias globales de recomposición del capital, y que acusa falsamente de los males que sufren a inmigrantes, feministas, izquierdistas u otras comunidades nacionales, Ruffin propone otro camino: señalar a los reales responsables, construir comunidad, rehacer solidaridades, recomponer a la izquierda en el conflicto social. Y a partir de aquí abordemos también todos los otros retos emancipatorios que se entrecruzan en las demandas materiales de las poblaciones trabajadoras. Merci, Ruffin, tu película ayuda.

 

 

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