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Artículo de Opinión | Mundo global

28-09-2019

¡No habrá ocupación decente en un planeta muerto!

Rafael Borràs | Alba Sud

Existe un clamor creciente sobre la necesidad de repensar los modelos económicos, y, a la vez, construir un nuevo contrato social. ¿Pero sobre qué bases habría que construir esta transición? ¿Cuáles deberían ser sus prioridades?


Crédito Fotografía: Rafael Borràs.

Me apresuro a aclarar que utilizo la expresión "ocupación decente" en los términos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), es decir, para referirme a aquel trabajo remunerado con una alta seguridad de inclusión social, y garantías democráticas durante la jornada laboral. La "ocupación decente" es, pues, incompatible con la precariedad integral de las actuales relaciones laborales y sociales. Una precariedad que afecta, tanto o más, a los trabajos no remunerados esenciales para la vida de la especie humana, como son los trabajos reproductivos y de cuidados. Aclaro también desde el inicio de estas líneas que el eslogan "no habrá ocupación en un planeta muerto" fue una síntesis de las reflexiones que, ya a finales de 2013, realizaba el sindicalismo internacional (UNI Global Union y Confederación Sindical Internacional), con manifestaciones de sus dirigentes, como, por ejemplo: "... no hay nada más importante ahora mismo que esté enfrentando la humanidad que los peligros del calentamiento global del planeta. No tenemos tiempo que perder", o "... la transición justa tiene que empezar ahora".

Estas reflexiones sobre la ocupación, los trabajos, y las urgencias de actuaciones para parar la catástrofe climática vienen al caso porque, pasado más de un lustro, estamos donde estamos: con todas las alarmas científicas activadas, las agendas políticas, en el mejor de los casos, retardadas, y la crisis climática avanzando. Pero, esperanzadamente, la semana de movilizaciones por el clima de este mes de septiembre puede ser el inicio de una movilización ciudadana permanente. Sin duda, para ampliar dicha movilización hay que sumarle algunos actores sociales que, en mi opinión, tendrían que ser mucho más activos. Dicho sin tapujos, ¡Cambiar la huella humana destructiva del planeta requerirá una gran movilización social, además de decisiones institucionales que transformen la naturaleza y dinámica del capitalismo actual!

Ya puestos a rememorar eslóganes de movilizaciones sociecologistas, recordemos el "What's Good for the Environment is Good for the Economy" (algo así como "Lo que es bueno para el medio ambiente es bueno para la economía"), que se exhibía en mayo de 2014 en las pancartas de una manifestación en Londres de oposición al "fracking" en el sur de Inglaterra. Una frase que resume el clamor sobre la necesidad de repensar los modelos económicos, y, a la vez, construir un nuevo contrato social. Un nuevo contrato social por el cual deje de ser utópico continuar viviendo en el planeta en unas condiciones de mayor justicia social, o, dicho de otro modo, en condiciones de "buen vivir" para todo el mundo. Conseguir este nuevo contrato social tendría que ser el objetivo esencial de la llamada "transición justa". Se tiene que pasar ya de las palabras a los hechos, y, en este sentido, se requieren, entre otras cosas, infinidad de cambios grandes y pequeños en ámbitos como el de la normativa laboral, social, etc. Por ejemplo: no es anecdótico que los sindicatos alemanes reivindiquen el derecho a la siesta para los trabajadores a causa del cambio climático, parece evidente que nuestra normativa de prevención de riesgos laborales se tiene que ajustar a las circunstancias del cambio climático; o no deja de ser preocupante que aun estén en vigor los aspectos más precarizadores de las dos últimas reformas laborales, lo cual dificulta -o imposibilita- el avance hacia un nuevo Estatuto de los Trabajadores y las Trabajadoras en el cual no puedan ser, por ejemplo, causa de despido objetivo (individual y/o colectivo) los efectos en la actividad empresarial del calentamiento global. Pero, en cualquier caso, una verdadera transición de este tipo tiene que basarse, en mi opinión, en el trípode estructural de decrecimiento, reducción sustancial de la jornada laboral, y renta básica universal e incondicional. Son tres avances civilizatorios que han dejado de ser una utopía. Más bien al contrario, no implementarlos se ha convertido en distópico porque, entre otras cosas, la crisis climática no hace otra cosa que agravar la precarización laboral y vital, haciendo que las vidas de la gente no estrictamente rica sean cada vez menos merecedoras de ser vividas.

La catástrofe climática planetaria, también en esta isla [Mallorca] del todo turismo, que tanto contribuye al calentamiento global, es reversible. Depende de la capacidad de rebelarnos frente a la decadencia de los poderosos y las poderosas, contra la enfermiza avaricia de unos pocos, y el negacionismo de la crisis climática que nos quiere moribundos y moribundas. Los actuales son tiempos de gran desafío civilizatorio, por lo tanto, parece oportuno recordar el discurso de 1955 sobre el colonialismo de Aimé Césaire: "Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente. Una civilización que elige cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización enferma. Una civilización que hace trampas con sus principios es una civilización moribunda". ¡Tomemos nota y actuemos!

 

Artículo publicado originalmente en catalán en el Diario de Mallorca el 24 de septiembre de 2019.

 

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