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Artículo de Opinión | Turismo Responsable

13-08-2018

Turismo en el mundo rural

Jordi Gascón | Ernest Cañada

Se multiplican los casos donde la gastronomía local como atractivo turístico está revalorizando el modelo de producción campesino que provee sus materias primas. Pero estos nichos turísticos son aún pequeños, y el impacto global del turismo en el mundo rural no deja de ser controvertido.


Crédito Fotografía: Ilustración de Patricia Bolinches para “Soberanía Alimentaria”.

Conflictos redistributivos

Sector empresarial y gestores políticos afirman que el turismo impulsa el desarrollo de otros sectores económicos. Actuaría como un juego de engranajes: la activación de la primera rueda dentada (turismo) pone en funcionamiento todo el dispositivo (economía). La “turistología” ha convertido esta aseveración en teoría y le ha puesto un nombre: Principio del Multiplicador Turístico (PMT). ¿Cómo se logra transmitir el crecimiento turístico a los otros sectores económicos? Quienes defienden el PMT responden que mediante dos mecanismos. Por un lado, impulsando la modernización y desarrollo de infraestructuras de transporte (aeropuertos, puertos, carreteras, red ferroviaria) del que se beneficia toda la economía. Por otro, generando una demanda de bienes que esos sectores cubrirán como proveedores.

El papel sostiene todo. Pero cuando el PMT se enfrenta con la realidad, surge la perplejidad. Una mirada a destinos turísticos en el que esta actividad se ha convertido en un pilar de la economía local descubre que, en muchos casos, los sectores del primer sector, lejos de beneficiarse, han desaparecido o languidecen. En el Mediterráneo catalán encontramos un ejemplo. Desde la década de 1950, y a la par que se desarrollaba el turismo, fue desapareciendo una potente economía basada en la pesca de bajura y de carácter artesanal que generaba empleo a miles de trabajadores y daba vida a sus pueblos costeros. El paralelismo entre crecimiento turístico y disminución de la pesca no es resultado de la casualidad. El desarrollo del primero perjudicó al segundo. Así, por ejemplo, la construcción de puertos deportivos (no hay pueblo litoral que no tenga uno) y otras infraestructuras turísticas y viarias afectó los ciclos naturales de reposición de la arena costera. Resultado de ello, hoy las playas catalanas desaparecen tras los torrenciales aguaceros otoñales que caracterizan su clima. La necesidad de recuperar la playa para iniciar la temporada turística obliga a un bombeo de arena del fondo marino que destroza su ecosistema. Aunque el cada vez más magro sector pesquero y los movimientos ecologistas denuncian esta práctica, los requerimientos del que se ha convertido en sector económico esencial para la economía catalana prevalecen en las decisiones institucionales. El turismo también disparó los precios del suelo y la vivienda, especialmente de aquellas más cercanas a la primera línea de mar, que ahora se destinan a infraestructuras turísticas y segundas residencias. Un proceso de gentrificación que hace desaparecer los barrios marineros y expulsa a sus habitantes.

Esta relación inversamente proporcional entre turismo y pesca de bajura no es una peculiaridad catalana. Por el contrario, es una situación recurrente, aunque los procesos no siempre son los mismos. En algunos casos se observa como el turismo enajena un capital humano y financiero local que antes se destinaba al sector pesquero. En otros, es el establecimiento de políticas conservacionistas (creación de parques naturales que se convierten en destino turístico) la que limita la labor pesquera artesanal. O la privatización de la costa para la construcción de complejos turísticos y turístico-residenciales exclusivos, que desaloja al pescador de su espacio de trabajo. No se puede cargar toda la responsabilidad de la desaparición de la pesca artesanal al desarrollo turístico. Otros factores, como la sobrepesca, han coadyuvado en el proceso, y posiblemente han tenido un papel igual o más significativo. Pero está claro que, en contra de lo que afirma el PMT, el turismo no ha ayudado a revitalizar ese sector; todo lo contrario.

Los modelos turísticos son variados y los contextos de los destinos, específicos. El desarrollo turístico no siempre tiene las mismas consecuencias. De hecho, como veremos, en ocasiones es cierto que pueden apuntalar a las economías campesinas. Pero no se puede negar que se ha caracterizado más por dañar ecosistemas, malbaratar recursos naturales, mercantilizar expresiones culturales, crear marcos favorables para la corrupción y vulnerar derechos laborales, que por lo contrario.

Cuando se busca la raíz de un conflicto turístico, el análisis suele centrarse en sus causas inmediatas: un resort que enajena agua o tierra a la población local, una disputa entre sectores sociales locales por controlar el nuevo recurso, determinadas políticas municipales que favorecen la gentrificación, etc. Es una aproximación correcta. Pero su reiteración en contextos y geografías diversos nos obliga a buscar un modelo integral del impacto turístico. Creemos que este modelo puede partir de una idea central: que el surgimiento del turismo genera dos tipos de conflicto redistributivo. Por un lado, un conflicto entre sectores económicos que deben competir por unos recursos siempre insuficientes. Por otro, un conflicto entre sectores sociales: entre aquellos que se articulan con éxito al nuevo sector y quienes quedan marginados de sus beneficios.

Conflictos redistributivos entre sectores económicos. El turismo requiere el uso de diferentes recursos (naturales, energéticos, fuerza de trabajo, capital público y privado para la inversión, etc.) que ya están siendo previamente empleados por los sectores económicos prexistentes o por el ecosistema. En contra de lo que implícitamente asegura la teoría del multiplicador turístico, los recursos son finitos. Por tanto, la aparición del turismo comporta una reestructuración en la asignación de esos recursos. En ocasiones puede que esta reasignación se haga de forma equilibrada, y que tras el reajuste todos los sectores económicos puedan acceder a los recursos necesarios para asegurar su buen funcionamiento. Pero predomina una segunda alternativa: el nuevo sector sustrae a los ya existentes recursos por encima del mínimo necesario para asegurar su viabilidad. En las zonas rurales donde se establece tiende a decrecer la agricultura, ahogada por el monopolio que el primero hace de recursos como la tierra, el agua, las prioridades de inversión privada, la fuerza de trabajo o los planes de desarrollo gubernamentales. De este modo, el desarrollo turístico va acompañado de un proceso desposesión de recursos esenciales para la vida del campesinado, ya sea de los propios territorios en los que habita como para abastecer a las nuevas actividades turísticas, lo cual dificulta también su supervivencia.

Conflictos redistributivos entre sectores sociales. Si toda la población participara de forma equitativa en el control y gestión de los diferentes sectores económicos, entre ellos el turismo, el conflicto anterior tal vez no lo sería tanto: todos se beneficiarían por igual de todos los sectores económicos, estuvieran en crisis o en expansión. Pero esto no suele suceder así. Lo que predomina es una escena en el que el control y gestión, y el acceso a los beneficios, de cada sector económico corresponde a sectores de población diferentes. En el mundo rural esto suele asociarse a una pérdida de control sobre los medios de producción. Un campesino tradicional que abandona la actividad agraria para entrar a trabajar en el turismo pasa de una actividad en la que es un especialista y controla los medios de producción (o al menos, parcialmente), a otro en el que es mano de obra no cualificada y en cuya gestión no participa. Aunque coyunturalmente pueda obtener unos ingresos atrayentes en la nueva actividad, se ha convertido en mano de obra fácilmente sustituible. Y por tanto, es desechable si se requiere una reestructuración del sector. Desde los estudios de Richard Butler sobre el Ciclo de Vida Turístico sabemos que, tarde o temprano, esa reestructuración acontecerá. Y que esa reestructuración buscará incrementar la competitividad del destino reduciendo los costos de funcionamiento (y entre ellos, los salarios y condiciones laborales) o mejorando la calidad del servicio (para lo que se hará necesario sustituir la mano de obra por otra cualificada).

El crecimiento turístico da pie a nuevas dinámicas poblaciones, de expulsión y atracción, que agregan complejidad al funcionamiento de estos territorios. A su vez, las demandas crecientes por la especialización turística incrementan las necesidades de abastecimiento de recursos (energía, materiales, agua) y de infraestructuras de acceso, que hacen que la influencia territorial del turismo sea mucho mayor que el espacio en el que estrictamente se desarrolla la actividad turística. Esto supone que el impacto sobre los territorios rurales sea mucho mayor de lo que a simple vista puede parecer.

Ejemplos optimistas

A grosso modo, pues, el turismo es un vector de vulnerabilidad para el sector agrario y para las sociedades campesinas. Pero no siempre es así. Encontramos situaciones en los que, por el contrario, actúa de forma simbiótica con la agricultura campesina y la fortalece. Estas experiencias difícilmente logran desarrollarse en aquellos territorios centrales en las dinámicas de acumulación a través del turismo, porque son desplazadas por el capital turístico.

Teruel es una de las provincias españolas más menoscabadas por la emigración rural. Al norte, en la comarca de Cuencas Mineras, encontramos un pequeño pueblo que encarna este proceso. Alcaine pasó de superar los 1.200 habitantes en la década de 1910, a estar censados 74 en 2016. Sin embargo, hoy en día más del 95% de las casas que existían en el momento de mayor esplendor poblacional no solo se mantienen en pie, sino que en las últimas tres décadas han sido reconstruidas y refaccionadas. El fenómeno que explica esta aparente contradicción es una determinada forma de turismo: esas casas son segundas residencias. Y sus propietarios, los emigrantes del pueblo y sus hijos y nietos. Alcaine se convirtió en destino turístico para esta población a medida que consolidaron su economía, el uso del coche particular se generalizó y el sistema viario fue mejorando. Poco a poco fueron invirtiendo ahorros en rehabilitar su casa familiar, o en adquirir otra si aquella había sido vendida o consideraban que no era adecuada.

Este tipo de turismo, que algún autor ha denominado “turismo de la diáspora“, ha tenido diferentes impactos en el pueblo. Uno que ahora nos interesa es que reactivó la producción de huerta. En 1926, las mejores tierras cerealistas del pueblo se vieron anega- das por el pantano de Cova Foradada. La vida agrícola quedó reducida a la huerta que baña el río Martín, afluente del Ebro. Huerta fértil, pero insuficiente para mantener a la población. La consiguiente emigración llevó a su abandono. Pero empezó a ser recuperada por aquellos emigrantes que practicaban el turismo en su lugar de origen. En algunos casos, también por sus hijos. Y es así que, en el momento en el que los censos de Alcaine indicaban su nivel demográfico más bajo (en las décadas de 1980 y 1990, el número de pobladores no llegaba a la cincuentena), la huerta era explotada casi en su totalidad. En esos momentos, la huerta contaba con la fuerza de trabajo de emigrantes que pasaban ahí el verano y se acercaban al pueblo los fines de semana, así como de aquellos que se iban jubilando y alargaban sus estadías varios meses. Esas huertas también generaban algunos ingresos a las pocas familias campesinas que vivían de forma permanente en el pueblo: si bien el trabajo en la huerta es eminentemente estival, para algunas tareas de invierno y/o que requerían maquinaria agrícola (labranza, estercolado, poda,…), los emigrantes contrataban los servicios de los residentes.

Con el inicio de siglo, la primera generación de emigrantes entró en la ancianidad o fueron muriendo. Pocos de sus hijos, que nunca habían tenido contacto con el mundo agrario y no sabían trabajar la tierra, siguieron con la huerta. A mediados de la década de 2010 solo un 10 o 15% de la huerta era explotada. Pero cabe señalar que en Alcaine la crisis de la agricultura se debió a factores ajenos al turismo. Por el contrario, el turismo permitió recuperar y mantener vivos los espacios agrarios más ricos del municipio durante décadas. En parte, porque los residentes tuvieron la opción de no emigrar gracias al trabajo en la construcción y siguieron manteniendo la huerta. En parte, porque los mismos turistas, emigrantes de primera generación, se encargaron de trabajarlos hasta que el ciclo vital se impuso.

Para concluir… la idea de la vulnerabilidad asociada al turismo

El Principio del Multiplicador Turístico es hijo de una idea de desarrollo que no considera los límites naturales del crecimiento: implícitamente afirma que se puede crecer de forma indefinida. Una mirada conflictivista del turismo nos enfrenta a una realidad evidente: que el mundo y sus recursos son finitos. El surgimiento de un nuevo mercado o de una nueva actividad económica, supone tener que restructurar el uso que se da a esos recursos a nuevos objetivos. Y en este proceso, generalmente unos pierden y otros ganan.

O cuanto menos, incrementa la vulnerabilidad. Recordemos que el hombre y la mujer rural pasan de ser especialistas en el manejo del espacio y la producción de alimentos, a mano de obra no cualificada y, por tanto, fácilmente sustituible. En otras ocasiones, el turismo dispara procesos inflacionarios y especulativos sobre la tierra. Son burbujas que, cuando estallan, suelen cosechar desertización económica y social: una población laboralmente dependiente de un sector ahora deprimido y que solo había generado puestos de trabajo poco o nada cualificados; espacios agrarios abandonados, con escasas posibilidades de ser recuperados; tejido productivo no dependiente de la construcción y del turismo prácticamente desaparecido; infraestructuras especializadas ahora inútiles que no pueden dar servicio a otros sectores económicos; ecosistemas transformados a las necesidades del turismo; ayuntamientos extremadamente endeudados por haber tenido que cubrir los servicios de un municipio que ha ido creciendo en residencias pero no en población censada; instituciones públicas que durante años y décadas han basado el crecimiento económico en el impulso turístico y/o turístico-inmobiliario y ahora no tienen ni discurso, ni estrategias, ni formación para encauzar la política económica por otros derroteros; corrupción inherente a sectores que se basan en la especulación y en los que el blanqueo de dinero es relativamente sencillo. Cuando sobrevienen las crisis, los ecosistemas que deja tras sí el turismo no son ya los mismos, ni tampoco su capacidad de adaptación y reorientación del rumbo socio-económico.

No siempre es así. Alcaine y su “turismo de diáspora” es un ejemplo. Podríamos hablar también del denominado turismo gastronómico, que en algunos casos ha logrado posicionar exitosamente en el mercado de ciertos productos alimentarios, como podría ser el caso del vino, el cava o el café, entre otros, a través de la dinámica turística. Se multiplican los casos documentados donde la conversión de la gastronomía local y su especificidad en atractivo turístico está revalorizando el modelo de producción campesino que provee sus materias primas. Pero cuando se analiza el impacto del turismo de forma global, vemos que estos nichos turísticos son pequeños, casi anecdóticos.

 

Este artículo se publicó originalmente en la revista “Soberanía Alimentaria”, núm. 32, 2018. Acceda al número completo haciendo clic aquí. Ilustraciones de Patricia Bolinches para “Soberanía Alimentaria”.

 

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